sábado, 2 de septiembre de 2017

Los visitantes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su reciente libro El sentido de la existencia humana (Gedisa 2016), el dos veces galardonado con el premio Pulitzer, reconocido científico y padre de la Sociobiología —para bien y para mal—, Edward O. Wilson establece una serie de relaciones entre la Ciencia y la Humanidades. Hay un momento en la obra en la que plantea la llegada de unos hipotéticos extraterrestres y cuáles serían son intereses esenciales. Escribe Wilson:

Los verdaderos alienígenas considerarían, creo, que nuestra especie posee una propiedad vital digna de su atención. No es nuestra ciencia, ni tampoco nuestra tecnología, como podría suponer el lector. Son las humanidades.
Estos alienígenas imaginarios pero plausibles no tienen ganas de complacer o mejorar nuestra especie. Su relación con nosotros es benevolente, igual que la nuestra con los animales del Serengeti, que acechamos y pastoreamos. Su objetivo es aprender cuanto más mejor de la única especie que estableció una civilización en este planeta. ¿Acaso no serían los secretos de nuestra ciencia? No, para nada. No hay nada que podamos enseñarles. Tengamos en cuenta que casi todo lo que podemos llamar ciencia no tiene ni cinco siglos de antigüedad.

En resumidas cuentas, lo que podríamos ofrecerle a los que se hubieran tomado la molestia de hacer una parada en nuestra plantea sería una ciencia pobre en comparación con la suya, muy superior, que les habría traído hasta aquí. Nuestra Ciencia, en comparación, está en mantillas. A ellos les parecería como si les enseñáramos orgullosos nuestros deberes escolares, muy poquita cosa.
No ocurre lo mismo con las Humanidades, es decir, toda nuestras producción cultural, que sería un fuente variada e imprescindible de conocimiento sobre nosotros. Para ellos, señala Wilson, todos esos materiales —literatura, teatro, cine, música, pintura, filosofía...— serían una novedad enorme, pura información.
Esta bien hacer estas reflexiones, pero Edward O. Wilson prescinde de un problema básico: ¿lo entenderían? No me refiero simplemente a las lenguas, sino a la complejidad simbólica que cada obra de arte, cada pieza de la cultura —de la novelucha popular al Quijote, del teatro de títeres a las obras de Shakespeare— acumula en su interior.
Nos ocurre a nosotros, humanos, con las obras cuando son contempladas desde culturas diferentes o nos son distantes en el tiempo, ¿cómo no va a ocurrirle a seres que vienen de otra galaxia, lejana o cercana, al intentar comprenderlas?
La Ciencia estudia básicamente la constitución y funcionamiento del mundo. Es probable que las leyes que los científicos hayan establecido en sus campos, con mayor o menor precisión, se pudieran cumplir en sus hogares más allá de las estrellas, ¿pero las novelas, el cine, el teatro...?
Frente a la universalidad (al menos de nuestro universo pequeñito) de la Ciencia, la diversidad cultural regida por los principios de la complejidad. En estos años de globalización informativa e implantación del turismo como una actividad general, hemos comprendido lo poco que sabemos los unos de los otros y, en especial, el miedo que produce esta nueva situación a muchos. Como ya ocurrió en el siglo XVIII, los viajes contribuían a relativizar lo que parecía absoluto. En cada parte de la Tierra había costumbres distintas y formas diferentes de vivir. Los filósofos los usaban (como hizo Voltaire) para mostrar lo vano de nuestras pretensiones. Gulliver se daba cuenta de los mundos distintos al suyo y la llegada de Micromegas establecía las distancias entre la Tierra y los viajeros espaciales.
Los que se embarcaban en las aventuras de los viajes disfrutaban contando sus experiencias en países exóticos. Hay una necesidad de exotismo, de lo diametralmente otro, que se paga precisamente en la incapacidad de comprender, en la necesidad de algún tipo de mediación para poder comprender en algunas medida. Las más de las veces, lo que se produce precisamente es el malentendido, el equívoco.

En su Guía para viajeros inocentes, Mark Twain daba cuenta de las aventuras pasadas por los viajeros que organizaron en 1867 un crucero por los países del Mediterráneo con paradas a explorar ese mundo hoy próximo y entonces lejano. Así lo describe Twain: «Era una novedad en lo que a las excursiones se refiere (jamás a nadie se le había ocurrido algo igual), e inspiraba ese interés que siempre provocan las novedades atractivas. Iba a ser un pícnic de proporciones gigantescas.» El propósito de este viaje, precedente ilustre de lo que serán los viajes organizados, pero con una enorme libertad de decisión, y financiado por ellos mismos es conocer a los "otros", comprender hasta dónde llegan las diferencias. El mundo, en esa década de 1860, ya está convertido en una red de comunicaciones. Los lugares de los que apenas se tenía noticia pasan a formar parte del "mundo comunicado", algo que pocos verán pero sobre el que podrán tener noticias frecuentes: guerras, sociedad, diplomacia, etc. aparecen en los medios despertando la curiosidad.
Después de una negativa experiencia en las Azores, llena de expresiones estereotipadas y despectivas para los portugueses que allí habitaban, y el paso por Gibraltar, es Tánger lo que les ofrece esa novedad que buscan:

En los demás lugares hemos encontrado cosas de aspecto extranjero y personas de aspecto extranjero, pero siempre con cosas y personas intercaladas que ya nos resultaban familiares, por lo que la novedad de la situación perdía buena parte de su fuerza. Queríamos algo total e inquebrantablemente extranjero: extranjero de los pies a la cabeza, extranjero desde el centro a la circunferencia, extranjero dentro, fuera y por todas partes, que nada en ningún sitio pudiese diluir su rareza, que nada nos recordase a otras gentes u otra tierra bajo el sol. ¡Y hete aquí que en Tánger lo hemos encontrado! Aquí no hay ni una sola cosa que hayamos visto antes, a no ser en pintura, y siempre hemos desconfiado de las pinturas. Pero ya no podemos seguir haciéndolo. Las pinturas nos parecían exageraciones: se nos hacían demasiado raras e imaginativas para ser reales. Pero ¡alto ahí!, no eran lo bastante descabelladas, no eran lo bastante inverosímiles… se han quedado cortas. Tánger es una tierra extranjera donde las haya, y su verdadero espíritu no puede encontrarse en ningún libro que no sea Las mil y una noches. Aquí no se ven hombres blancos y, sin embargo, enjambres de seres humanos nos rodean.


Aun así, como bien señala el autor, se encuentran entre seres humanos. Aunque haya problemas de comunicación y comprensión, hay aspectos comunes que podrían establecer lazos y proximidad.
Difícilmente ocurriría así con los visitantes de otras galaxias, cuya evolución habría sido con toda probabilidad otra. La idea de Wilson, asentada en su campo de investigación biológico es que las Humanidades son también un producto de nuestra evolución, algo que no dudamos. Nuestra cultura tiene un sentido biológico y no es algo —como algunos han querido explicar con poco fundamente— la oposición entre un alma sublime y un cuerpo defectuoso.
Lo que somos, lo que producimos en todos los ámbitos y niveles, forma parte de nuestra naturaleza humana y cumple una función precisa por más que se nos pueda escapar su sentido. La preocupación que manifestamos a través de las Humanidades es la de dar forma a un interior que se nos manifiesta como deseo y como consciencia.
Nos explica Edward O. Wilson:

El propósito del antropocentrismo —la fascinación por nosotros mismos— es afilar la inteligencia social. Los seres humanos, de entre todas las especies del planeta Tierra, somos los amos y señores de esta habilidad. Apareció dramáticamente, en sintonía con la evolución de la corteza cerebral durante la escisión del Homo sapiens de los australopitecos africanos. Los cotilleos, el culto a los famosos, las biografías, las novelas, las historias de guerra y los deportes constituyen la cultura moderna porque el interés intenso, incluso obsesivo, en los otros siempre ha mejorado la supervivencia de los individuos y los grupos. Nos volcamos a las historias porque así es como funciona la mente: un merodeo interminable a través de situaciones pasadas y situaciones futuras alternativas.

La "habilidad" es precisamente la que determina lo específico de nuestra especie, la sociabilidad, que se refuerza mediante ese conocernos a través de los contactos y el habla. Todos esos materiales culturales —triviales o serios— están destinados a reforzar nuestro sentido del grupo. Compartimos experiencias y sistema simbólicos que configuran nuestra forma de expresarnos y de que otros nos entiendan.
Hoy tenemos una fuerte necesidad de entender nuestra complejidad. No se fletan ya barcos poniendo un anuncio y recogiendo pasajeros para hacer una excursión por el mundo. Nuestro mundo se ha convertido en un espacio pequeño y conflictivo en donde la violencia viene precisamente de la incomprensión y de las tensiones entre los grupos, que mientras unos se adapta, otros abogan por el rechazo, por convertirse en sociedades "cerradas" en un sentido popperiano del término.
Los viajeros de Twain lo hacían guiados por otro principio de la naturaleza humana (no solo muestra): la curiosidad, el deseo de encontrarse con lo nuevo. El grupo de norteamericanos viajeros se sentían más unidos al encontrarse con otros grupos muy diferentes. De alguna forma, se resaltaban sus señas de identidad; se sentían más norteamericanos. Como contrapartida, surgen los rasgos de racismo, de aplicación de estereotipos a los otros, a los que se les etiqueta de forma muchas veces injusta y cruel.

No sé si nuestros visitantes extraterrestres se sentirán más apegados a su planeta, más orgullosos de sus conocimientos avanzados al ver un mundo en el que una pobre especie, la humana, se ha hecho con el control. Pero de lo que sí tengo certeza es de la necesidad de la mediación cultural. El mundo se ha abierto, pero no lo han hecho las mentes de muchos.
Algunos consideran que la Ciencia no es universal, como ocurre con las Humanidades. Ha llegado a ella el "negacionismo científico-cultural", que es el característico de las sociedades cerradas. Lejos de estar abiertas a la información renovadora que fluye desde la periferia hacia el centro, las sociedades cerradas convierten el conocimiento en dogma y lo centralizan, blindándolo con violencia y legalidad. Con ello transferimos al mundo nuestros prejuicios. No lo conocemos, sino que lo decoramos con nuestras ideas. Esto produce conflictos en el seno de las propias sociedades condenadas a vivir bajo la fuerza para evitar que se derrumben los ídolos de la tribu.

La cuestión va más allá de si a los extraterrestres les servirá de algo toda nuestra información cultural. La cuestión es realmente si el mundo no está caminando hacia planos más sombríos en los que la sociabilidad se está basando en la represión y la cultura en la ignorancia. La cuestión es si no estaremos levantando barreras que nos lleven a tener que fletar barcos interculturales para poder acercarnos a mundos culturales que se alejan.  La cuestión está, realmente, es si no nos estaremos convirtiendo en extraterrestres de visita en nuestro propio planeta.

K. Popper, M. Twain, E.O. Wilson y Voltaire

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