miércoles, 1 de febrero de 2017

Los discursos distantes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Entre decenas de caras iracundas de Donald Trump había una con el gesto entre serio y amable de Barack Obama. Estaba en el estante de la librería de la Facultad y venía a reproducir las proporciones que se dedican informativamente a uno y otro. Obama ha roto su silencio mientras que Trump no ha dejado de hablar y ni nosotros de él, arrastrados por los tsunamis de la verborrea que le caracteriza. El fenómeno informativo se reproduce en todos los medios, convertidos en espejos de sus acciones y palabras. Directa o indirectamente, Trump no ha inundado y esperamos en lo alto de nuestros tejados cotidianos a que alguien venga al rescate, a que bajen las aguas. Sin embargo, la riada sigue y crece por todo el mundo.
Acaba de salir. Su título es "Un mundo mejor para nuestros hijos.  Discursos 2009-2016" (editorial Duomo Nefelibata, Barcelona 2017). Tarde ya, de regreso a casa, aproveché el trayecto en tren para leer el primero de los discursos, el pronunciado por Obama en el Capitolio de los Estados Unidos el 20 de enero de 2009, el discurso inaugural.
Leyendo ese discurso se comprende mucho mejor lo que está ocurriendo con un personaje como Trump, la posición diametralmente opuesta respecto a las promesas, intenciones y principios que proclamo aquel día de enero de 2009 el presidente Barack Obama. Si se comparan ambos discursos, algo que supongo habrán hecho muchos, se comprende el odio a Obama de Trump, pero también las fuerzas y prejuicios que le han llevado a la Casa Blanca o, al menos, al colegio electoral que le votó como presidente.
Cuando lees el discurso te das cuenta, desde las primeras palabras del diferente espíritu que alienta a cada uno de ellos y el deseo del recientemente pronunciado en el mismo lugar de ser un negativo del primero. La primera palabra que Obama dice es "humildad", un concepto que jamás asociaríamos a Trump, que ha presumido precisamente de lo contrario, un hombre que ha dado mítines en hangares solo para poder bajarse de su jet con la palabra "Trump" escrita del morro a la cola, un hombre que ha recibido a todos es una torre "Trump", un hombre que ha vendido franquicias con la palabra "Trump" como valor. "Me presento hoy aquí con humildad", les dijo, "ante la tarea que nos aguarda". El contraste es revelador desde el principio.
¿Qué ha hecho ser atractiva para millones de personas una figura como Donald Trump, qué les ha seducido de él, de una persona que ha presentado todos los rasgos que tendemos a considerar negativos? Es una pregunta que descoloca a quien se la formula porque aquel que lo hace es incapaz de entrar en las redes de seducción que este personaje ha logrado poner en marcha. Es una cuestión hipnótica, una fascinación que no puede explicarse racionalmente sino desde la seducción del mentiroso, que nos dice en todo momento lo que queremos escuchar. Trump, lo hemos dicho muchas veces, no ha tenido un programa razona: ha ido sacando a la luz, como en una terapia, todos aquellos elementos que no son expresados habitualmente. Ha unido los puntos para encontrar la figura reprimida de muchas de las fobias que aquejan a parte de una sociedad norteamericana. Y le ha funcionado; una parte muy importante se ha dejado seducir por un discurso poliédrico con un centro bien marcado: él mismo como prueba de eficacia.


El asalto de los empresarios al poder ha dejado de hacerse en la sombra. Es lo representado por Trump, el "hombre de éxito". Mitt Romney ya lo intentó, pero fracasó frente a Obama, encarnación del "hombre justo", del hombre ecuánime y del que hace subirse al carro del progreso a aquellos más débiles, tal como expresa en el discurso a la nación:

[...] los valores de los que depende nuestro éxito —la honradez y el esfuerzo, la valentía y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo—, esos principios son antiguos. Y son algo real. Han constituido una serena fuerza de progreso a lo largo de nuestra historia.
Lo que ahora se requiere, por tanto, es una nueva era de responsabilidad, que todos y cada uno de los estadounidenses reconozcamos que tenemos deberes para con nosotros mismos, nuestra nación y el mundo; deberes que no aceptamos de mal grado, sino que asumimos gustosamente, porque tenemos la firme convicción de que nada hay más satisfactorio para el espíritu, o que defina mejor nuestro carácter, que dar lo mejor de nosotros frente a una tarea difícil. (18)

Estas palabras, situadas casi al final del discurso, muestran cuán diferentes son los principios invocados, los sentimientos buscados, respecto al mundo. Obama presenta a los Estados Unidos como una construcción de la Humanidad, hecho por el esfuerzo y sacrificio de millones de personas, con una responsabilidad hacia el mundo y no la presencia egoísta del "America First!" de Donald Trump, un llamamiento al uso y abuso de la superioridad. Estados Unidos debe dominar el mundo y nada debe a nadie, solo velar por sus propios intereses, sin responsabilidad. Lo hecho durante la primera semana no deja lugar a dudas sobre su planteamiento.
Véanse las diferencias abismales:

A las gentes de las naciones pobres: nos comprometemos a trabajar codo con codo para lograr que vuestras granjas florezcan y las aguas fluyan limpias, a alimentar los cuerpos desnutridos y las mentes hambrientas. Y a aquellos países como el nuestro que gozan de una relativa abundancia, les decimos que ya no podemos permanecer indiferentes al sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos seguir consumiendo los recursos del planeta sin preocuparnos por las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él. (17)

Frente a esto, la negación del cambio climático, la recuperación de proyecto parados por daños medioambientales, etc. Frente a esto también, el anuncio de los recortes en gastos sociales dentro y fuera, en ayudas a organismos internacionales, etc. Las palabras de Trump, como la de los líderes del Brexit, estaban destinadas a hacer sentir agravios, a hacer sentir que los demás son parásitos que causan los problemas sociales. Son las mismas que reflejaban aquel incidente en una escuela francesa en la que una maestra acusaba a un alumno de origen árabe de ser responsable de la muerte de su madre por acudir a colapsar los hospitales. No es un incidente aislado, una anécdota, sino una estrategia de redirección de la frustración y el dolor, hacia terceros, hacia los extraños, los políticos, las ayudas, etc. Todo ello es resultado del olvido de uno mismo, les exponen estos fabricantes de odio. El egoísmo es el camino; la expulsión la solución.
El mismo espíritu negativo es el de esa agrupación en España que solo atiende a los "españoles" dejando si ayudas a los extranjeros que vienen a trabajar al país y necesitaba ayudas. Ellos son también partidarios de un "¡España Primero!", antesala de los nacionalismos egoístas. Son los que dibujan en el aire patrias puras, sangres puras, ideas puras, que no deben ser contaminadas ni con presencias ni con contactos. El otro es culpable por ser otro. Ese es su pecado.
Frente a la idea de la responsabilidad de la riqueza ante la pobreza, Trump muestra una agresiva actitud, la del que ha nacido con una vida regalada y se muestra como ejemplo de lucha y éxito. El niño rico y malcriado se presenta como un ejemplo, ¿de qué? Su ejemplaridad hasta el momento es la riqueza y demostrar que ha llegado a su fortuna mediante la ausencia de solidaridad incluso con el propio país que hoy preside. Ha presumido de no pagar impuestos y sigue no queriendo mostrar sus declaraciones de renta. Él sabrá por qué.
Las diferencias se acumulan en cada punto: "Le devolveremos a la ciencia el lugar que le corresponde y emplearemos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la asistencia médica y rebajar su coste" (14). La comunidad científica norteamericana se debate en estos momentos sobre la posibilidad de realizar una manifestación contra Donald Trump, al igual que la que realizaron las mujeres al día siguiente de su toma de posesión de la presidencia. La Ciencia va a tener que dar muchas batallas pues se le han colocado entre las ruedas los palos de la ignorancia. Pronto comenzarán los recortes en programas considerados "inútiles" por Trump y los suyos, los que acusan a las vacunas del autismo o niegan el cambio climático. La Ciencia tiene una batalla con un mentiroso que habla de "hechos alternativos" y califica como "teoría" aquello que no le interesa.


"Rechazamos como falsa la disyuntiva entre nuestra seguridad y nuestros ideales" (13), les dice Obama. De nuevo, Trump se va al otro extremo, como estamos viendo en estos momentos en los que se ha extendido la prohibición a países enteros de pisar los Estados Unidos, un momento en el que se ha criminalizado a pueblos.
Frente al "América First!", Obama había descrito otra América muy distinta:

Porque sabemos que en nuestra herencia plural hay fuerza, no debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, de judíos e hindúes, y de no creyentes. Nos han modelado lenguas y culturas procedentes de todos los rincones de la Tierra; y porque hemos probado el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y emergido tras ese amargo capítulo más fuertes y unidos, solo podemos creer que los viejos odios pasarán un día; que las fronteras entre las tribus se disolverán pronto; que a medida que el mundo se hace más pequeño, nuestra común humanidad quedará de manifiesto; y que los Estados Unidos deben cumplir su papel mara marcar el inicio de una nueva era de paz.
Al mundo musulmán: os digo que buscaremos una nueva vía de futuro basada en el interés y respeto mutuos. (16-17)

Es sorprendente que el presidente Obama haya podido mantener dos mandatos y que la continuación de sus ocho años sea la llegada de la antítesis Donald Trump. Es difícil, por no decir imposible, reconocer al mismo pueblo frente a ambos discursos. Solo es posible pensando que una parte importante no se sintió identificada con esos ideales y que buscó (o fue rastreada) el polo opuesto.


Hoy, Donald Trump es declarado un peligro por más de medio mundo, un riesgo para la estabilidad mundial en la economía, en la paz y el orden mundial. Lo extraño hoy es no formar parte del coro crítico, como resalta el gran titular del diario El País que encabeza la edición en estos momentos: "El Gobierno español se resiste a criticar la actuación de Trump". Intenta hacerlo, nos dice, con discreción sin llamar la atención. Unas líneas más abajo, se nos dice que Europa considera a Trump como una "amenaza externa".
Cuando se lee el discurso de Obama, queda un poso de tristeza. Sobre todo por ver lo fácilmente que se puede desmoronar las ilusiones de un pueblo o cómo puede cambiar el tono de la vida política cuando entra en ella un agitador y la clase política profesional es incapaz de presentar argumentos para frenarlo. Quizá sea ahí en donde hay que ahondar, en tratar de comprender si han llegado los tiempos en los que la argumentación, el debate racional, la exposición de hechos, etc. ha sido sobrepasados por corrientes que hemos creado por nuestra falta de previsión de los efectos secundarios de otro tipo de fenómenos ligados a cambios en la comunicación y en la opinión pública. Quizá no miramos donde debemos.
Cuando se contemplan en paralelo los dos discursos, se comprende la distancia real entre dos visiones del mundo. Puede que muchos se estén preguntando qué clase de monstruo han creado. Trump nos ha inundado y nos satura. Cuando se le contempla en su zafiedad, en su ignorancia, surgen dudas. ¿Es real? Lo es. Es el producto de los tiempos confiados que dan por seguros que los cambios son siempre positivos.


Barack Obama no ha acertado siempre en sus decisiones y en muchos momentos ha estado mal asesorado. Es humano equivocarse y él ha sido humano. Sus discursos no han sido ingenuos, como algunos pretenden. La ingenuidad es una forma de esperanza. Con realismo solo no se cambia el mundo, cambia uno mismo. El valor de los principios sembrados por Obama es real: ingenuidad no es  tampoco gratuidad. Creo que muchas situaciones que parecen revelar lo contrario son la confirmación de la validez de su mensaje de esperanza. Los conflictos raciales se han disparado en los Estados Unidos, por ejemplo, pero es debido a la reacción de los racistas. El discurso de Trump, en cambio, es negativo desde su lectura; su cumplimiento supone el desastre, como es hoy un clamor en todo el mundo.
El discurso de Obama lo juzgamos por los logros en el tiempo; se contrasta con los hechos. El de Donald Trump ya ha sido clasificado como un desafío, una amenaza, como profundamente injusto. Su empeño en cumplirlo en un semana, calificada de terrible, es demostración de que quiere cumplirlo imponiendo al mundo sus sinrazones. Trump no ha dado un discurso, ha lanzado un aviso. No hay una llamada a la unión para un proyecto conjunto. Es una orden de desalojo contra el país y el mundo.

Las últimas palabras del discurso del presidente Obama hablan del "gran regalo de la libertad". Se sigue llevando hacia adelante y, señala, "lo entregaremos sano y salvo a las generaciones futuras". Pero quien estaba esperando el testigo no ha entendido que sea un regalo, sino un privilegio que debe ser negados a los demás. Nadie puede ser realmente libre negándole la libertad a los demás.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.