domingo, 16 de febrero de 2014

Los estafadores y sus enseñanzas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dos de la películas candidatas al Oscar de este año, "El lobo de Wall Street" y "La gran estafa americana" (American Hustle), tratan sobre lo mismo. La primera es una película tramposa, la segunda una película sobre las trampas. Las dos nos muestran una visión de un mundo que se construye desde el engaño con dos personalidades diferentes, incluso visualmente: el atractivo seductor de di Caprio frente a la versión casposa y cutre que logra Christian Bale de su personaje, Irving Rosenfeld. Las primeras imágenes de La gran estafa americana de un Bale intentando colocarse un postizo que tape su irregular y clamorosa calvicie es suficientemente elocuente y anticipatoria de lo que se nos va a mostrar. Ambas películas parecen haber sido planeadas como materia y antimateria, como reversos de una realidad, es decir, de una misma enfermedad social.
En la película de Scorsese el público, dentro y fuera de la película, se deja seducir por el encanto de un personaje que nunca tiene bastante; en la película de David O. Russell, por el contrario, se nos muestra a un personaje que no sabe cómo parar un engaño que crece más allá de lo que a él le gustaría, pero se ve arrastrado por las ambiciones de los demás. Un estafador sin límites, arrogante, y un hombre limitado, asustado por el lío en el que se está metiendo.


La película de Scorsese carece de sutilezas y cae en una ornamentación que la convierte en una comedia ligera con muchas pretensiones. Basta con recordar la prolongada escena de la sobredosis y el coche, intentando convertir en slapstick la situación. La gente se ríe. La película de Russell se mueve en la comedia pero revela una tragedia colectiva a través de las sutilezas de una ironía que la recorre desde el primer plano hasta la última secuencia. Scorsese recurre al brillo de la riqueza para fascinarte deslumbrándote; Russell, por el contrario, abandona el oropel y te capta no por la vista sino por el olfato, por el olor a podredumbre que se va percibiendo por todas partes.
Los escotes de Amy Adams forman parte de la trama, los desnudos de Scorsese son decorativos. Y creo que eso puede ser extensivo a gran parte de la película y por eso considero al "Lobo" una película tramposa y plana, plagada de estereotipos —no por ello carente de otros valores— y la de Russell una obra con más matices y riqueza en la construcción. En el "Lobo" todo está dicho desde el principio; en "la gran estafa" vas descubriendo los dobleces de la realidad y la mentira de los personajes invirtiéndose la polaridad inicial, los defensores de la legalidad son más ambiciosos que los propios delincuentes, al menos que el familiar protagonista.


Alguna gente me ha comentado que "La gran estafa americana" les había defraudado porque "esperaban más". Son los problemas de la publicidad de los Oscar en el cine. A mí, en cambio, me ha parecido mejor película, más interesante en su desarrollo y, como dije al principio, menos tramposa, por usar el término del mundo que describen ambas. En cualquier caso, no es más que mi modesta opinión desde mi butaca.

La películas deben tener, como cualquier otro tipo de obra de arte, una conexión con el mundo en el que se dan. En los últimos años han ido apareciendo obras, con mejor o peor fortuna, que tratan de dar forma a la visión del mundo económico o, si se prefiere, la anatomía de los negocios. La visión crítica sobre una clase a la que la sociedad responsabiliza de su crisis ha ido dejando obras como estas dos, La gran estafa americana y El lobo de Wall Street, que nos muestran y reflejan un sentimiento negativo, una condena de su forma de actuar.
En el futuro, podrán analizarse estas dos décadas a través de muchas de estas películas. Frente a la frecuente trivialidad, el cine norteamericano, desde distintas claves y géneros, se ha dedicado a radiografiar estos últimos años la osamenta social, los pilares sobre los que se sostiene una cultura que ha sacralizado el éxito. Estas películas nos muestran, como el cine lo ha hecho en otras épocas de crisis, la forma en que ese éxito se produce, los caminos por los que se llega. Ya no es el canto al esfuerzo, al "hombre hecho a sí mismo" (self made man), sino que esa construcción es una creación defectuosa basada en la estafa y en el engaño del resto de la sociedad. La promesa con la que los personajes de ambas películas captan a los incautos es la de hacerse ricos, de poder conseguir lo que quieren por vías fáciles, las del mundo financiero, representadas en "pelotazos", "informaciones privilegiadas", "oportunidades", etc., un mundo en el que los llamados por teléfono con las ofertas o los que llegan a pedir préstamos se introducen llevados por las mentiras seductoras de quienes les enganchan en sus estafas.

La traducción española de "American Hustle" como "La gran estafa americana" hace centrarse demasiado en el hecho y menos en el fondo que se quiere reflejar. Nos lleva a pensar en la trama y menos en el paisaje que se nos está mostrando. Ese "ajetreo", "bullicio" ("hustle") es el que se nos quiere mostrar, un ambiente. Allí donde Scorsese nos muestra un "lobo", al jefe de la manada, Russell nos ofrece una pintura de ambiente con un personaje que puede ser definido de cualquier manera menos como "carismático". Russell no se centra en el lobo y la manada, como Scorsese; lo hace en el rebaño, mostrando los sueños de las ovejas.
Al final de la película "Kill them softly" (Andrew Dominik 2012), una sátira que mezcla el gansterismo con las teorías económicas y de gestión actuales, el protagonista Jack Cogan (Brad Pitt), tras escuchar las palabras de Obama sobre el "sueño americano" en un televisor de un bar en el que se encuentra, concluye lo expuesto a lo largo de la película de forma rotunda: "I'm living in America, and in America you're on your own. America's not a country. It's just a business." Y esa parece ser la síntesis escueta del pensamiento que tratan de reflejar esta películas.


No se trata solo de los Estados Unidos. Sería muy iluso pensarlo así. Esta ideología doble del engaño y el egoísmo, de labia y falta de escrúpulos, prende allí donde se la acoge como doctrina. Di Caprio se limita a enseñar a hablar a la manada, a enseñarles qué decir cuando levantan el teléfono. Esa es la base.
Los ejemplos que nos rodean y abruman de cómo muchos han hecho de su país —el nuestro, por ejemplo— su negocio son muestras de lo mismo. Luis García Berlanga lo retrató bien en su momento. Ahora no harían falta buenos directores y varios Azcona para poder retratar nuestra parte en el pastel de la "gran estafa mundial". Nuestro cine, maniqueo, no ha sabido retratar las sutilezas de lo que nos rodea, ni como tragedia ni como comedia.
No, los "lobos" no son exclusivos de la economía, pertenecen también a otros ámbitos pues hoy —y eso nos lo muestra bien "la gran estafa"— recorren todos los escalones sociales. Debo insistir en el "también", pues uno de nuestros males es precisamente el revoltijo de intereses en el que nos movemos. Cualquier vía es buena para hacerse rico, parece ser el lema. Hoy los estafadores están repartidos y conectados.
De ambas películas se saca una enseñanza que es vieja como el mundo: siempre encontrarás codiciosos a los que es posible engañar. La imagen final de "El lobo" es la del convicto estafador vendiendo su experiencia  cientos que acuden a escucharle embelesados, que compran su libro, con la esperanza de llegar hasta donde él llegó. La naturaleza humana hace el resto y nos ciega para los capítulos de la caída y sus consecuencias.
Las ovejas quieren ser lobos. Y eso los lobos lo saben.





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