jueves, 6 de febrero de 2014

La corrupción confianzuda

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que el argumento contra la corrupción sea lo caro que nos cuesta no deja de ser triste. Parece ser que la gente ya no entiende —o no le importa— otro argumento que el del bolsillo o, para ser más precisos, su contenido. Hasta el debate nacional-secesionista que padecemos solo se baraja en torno a lo caro que le saldrá a los que se vayan o lo caro que sale quedarse. No hay muchos más argumentos.
El diario El País comenta en su editorial los resultados del informe elaborado por la Comisión y en el que se resalta "la mala reputación", dice que esto supone para Europa. Señala el editorialista del diario:

La Comisión hace bien en presionar a los Gobiernos y advertir a los ciudadanos de lo caro que les cuesta ese estado de cosas. Sugiere un lazo directo entre las dificultades de los sectores públicos para financiarse y el volumen de dinero que se pierde, principalmente por sobrecostes en contratos públicos; y da un toque de atención respecto a la pérdida de confianza ciudadana en los líderes políticos.


La correlación estructural entre "corrupción" y "gasto", como si fueran pares de la misma naturaleza, es de la misma naturaleza de la que mide las enfermedades en términos de horas perdidas y coste, por ejemplo. Todo se cuantifica y se mide en términos de rentabilidad. Sin embargo, aplicar ese argumento es abrir la puerta a que los corruptos lo empleen también. A ellos les sale rentable.
Aunque la corrupción saliera barata o gratis, aunque no supusiera ningún sobrecoste, no por ello debería dejar de preocuparnos. La corrupción es corrupción, un problema moral. ¿Que tiene efectos económicos? ¡Por supuesto! Pero si eso se mide así, se corre el riesgo de que cada cual haga sus cuentas sobre si le resulta rentable en una suma global de elementos muy variados.

Presentar la corrupción como un problema de las administraciones en sus relaciones con las empresas (hay un índice que lo mide) e ignorar las corrupciones posibles de las empresas respecto a la propia administración o de las empresas respecto a sus usuarios y consumidores, por ejemplo, es distorsionar bastante la cuestión. Piénsese en los bancos y la que han liado con preferentes, burbujas crediticias y demás morralla financiera. Y los que debían pararles, no lo hicieron. No es solo un problema administrativo, de mordidas. Aquí el mar está lleno de tiburones de muchas especies y hasta los boquerones muerden.
En realidad la corrupción, como problema moral, es un problema general, cuyos efectos se perciben de muchas maneras, algunas —no todas— económicamente. Valorar solo los elementos económicos es una muestra de la falta de argumentos que no sean los de los costes.
¿En España tenemos un despertar de conciencia hacia la corrupción? Creo que lo que tenemos es un cierto despertar parcial de las conciencias, pues muchas de las cosas que salen a la luz son llamativas por quien las realiza, pero forman parte de un paisaje que no es nuevo.
La corrupción es ante todo un problema de actitud, de forma de ver la ciudadanía y de compromiso con el conjunto. Y es ahí donde fallan nuestras sociedades porque han situado el centro fuera de la idea de comunidad, han debilitado la idea de "ciudadanía" en beneficio de un individualismo que no asume los costes de la vida en común.


Los problemas de corrupción en España pueden ser más graves o menos que los que hay en otros lugares. En todas partes se encuentran casos similares. Lo que diferencia los casos es la actitud de los ciudadanos y sus exigencias a las administraciones, no son más que las prolongaciones de los propios ciudadanos, que están a su servicio para gestionar los recursos de todos.
Hemos convertido las administraciones en barreras y en asilos. Son barreras en las que prima la propia administración, que se desliga de esa idea de servicio; la administración dejar de actuar para los ciudadanos y lo hace para justificar su propia existencia. Esa separación proviene en gran medida —y en España nos ocurre— del desembarco político que supone la proliferación de los miembros que han accedido a través de los partidos políticos.


El poder en nuestras sociedades tiene dos caras reales: la gestión presupuestaria y la contratación o dotación de plazas. La corrupción supone la gestión interesada de los presupuestos y la introducción en las administraciones de aquellos que van a crear menos problemas, de los que, por el contrario, van a aceptar dócilmente las directrices señaladas por los que controlan todo. En nuestro caso, sin duda, son los partidos políticos a los que, dice El País, se les advierte de "la pérdida de la confianza ciudadana" lo que más ha contribuido a este estado de cosas.
No debemos ser maniqueos. No es un problema de los "políticos"; es un problema "con" los políticos. Algo entre ellos, que hacen lo que hace, y nosotros que les votamos por lo que les votamos. Muchos les votan interesadamente, especialmente, en las elecciones locales no porque sean los mejores políticos, sino porque son los más corruptos, los que más van a hacer la vista gorda, los que más va a repartir entre sus fieles.
Tenemos ante los tribunales desde miembros de la familia real al ex presidente de la Patronal, a líderes sindicales, presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, etc. La lista sería más larga, pero solo aparecen interesar los que se mueven en esta ámbito, pero podría extenderse a otros ámbitos, que también acaban con frecuencia en los tribunales, como el mundo de la cultura o la universidad misma.

Con la excepción de los miembros de la familia real, a los que no ha votado nadie, todos los demás están puestos allí por nuestros votos o han sido colocados, gracias a nuestros votos, por los que hemos votado, prolongando la cadena de responsabilidad. Lo peor que puede hacer la sociedad no es mirara hacia otro lado, sino no mirarse en el espejo. Hay que dejar de considerar que muchas prácticas son "normales" en mi ámbito y grandes "escándalos" en los de los otros.
La corrupción tiene consecuencia económicas, pero tiene un origen moral: nuestra carencia de un sentimiento firme de ciudadanía, de responsabilidad de todos en lo de todos; del culto paleto al éxito sin mirar cómo se ha conseguido; por nuestro sectarismo congénito que nos hacer ser poco críticos con los nuestros y más con lo ajeno.
Es vergonzoso que nuestros políticos, como decía ayer un portavoz —pero lo hacen todos—, hablen de un "pacto" contra la corrupción. ¿Pacto? ¿Hay que "pactar" para acabar con la corrupción, para tomar medidas eficaces? Es mejor que lo dejen y que entren los jueces en donde deban entrar, con las menores interferencias posibles, que es otra forma de corrupción.
Hablar de moralidad, en este contexto que solo se preocupa del dinero, no es fácil porque es ese mismo dinero el que ha minado la moral. No pensemos que lo de la "codicia" —preciosa palabra— es privativo de Wall Street. Tratar de combatirla exclusivamente con argumento económicos es desviarse del problema. No se puede enseñar y repetir continuamente algo y luego pretender que la gente no lo haga o lo vea mal.
Titular el editorial, como hace El País, "Confianza minada" es eludir que en muchos casos se ha puesto la confianza para que hagan lo que han hecho, que formamos parte del problema. Más que confianza minada es minera, agujeros por todos lados. ¿Debemos "confiar" en los políticos? Debemos confiar en nosotros mismos.



* "Confianza minada" El País 6/02/2014 http://elpais.com/elpais/2014/02/05/opinion/1391631926_542171.html



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