jueves, 7 de noviembre de 2013

Puentes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay un poema de Pedro Salinas cuyo comienzo me atrapa pasar las hojas:

¿Qué hubiera sido de nosotros, di,
si no existieran los puentes?
Pero hay puentes, hay puentes. ¿Los recuerdas? ("Los puentes", de Largo lamento)

Es un hermoso comienzo para un poema, a sabiendas de que el poema mismo —toda escritura— es un puente entre dos, quien escribe y el que lee, construido con palabras, largo o corto, sólido o frágil, duradero o efímero. Nada hay más humano que un puente, mano tendida hacia lo otro, ser o lugar. En la guerra se destruyen los puentes; la amistad los construye e incluso los reconstruye si es necesario.
Hoy, para mí, los puentes son mis alumnos extranjeros —chinos y egipcios básicamente— llenos de ilusiones, tendidos a través de la lengua y la cultura hasta nosotros. Y de sus ilusiones te contagias, te ilusionas tú mismo, rodeado como estás de un mundo que ha enterrado ilusiones, cada día más mezquino, en el que la educación es mercadeo de créditos, puntos, quinquenios, sexenios y demás zarandajas contables.


Sobrevives en el último reducto que le queda a la enseñanza —no por mucho tiempo, pues el gris corrosivo ya lo invade todo— que son los doctorados en los que puedes realizar la tarea vocacional de intentar despertar el interés por las preguntas inquietantes y los procesos sin más beneficio que la satisfacción del conocer lo que antes se ignoraba. Puedes dedicar tiempo y esfuerzo a la aventura de construir edificios con ideas, a dialogar sobre pros y contras, a recordar lecturas adecuadas y a descubrir otras nuevas con las que seguir un camino acompañado y acompañando.
Hasta hace poco los puentes —según las ramas— se tendían mayoritariamente hacia América. Recuerdo con mucho cariño a mis —hoy doctores y buenos profesores— doctorandos mexicanos. El encuentro se veía favorecido por el idioma común y por un equipaje intelectual de lecturas e influencias muy similares, próximos. Eso favorecía un encuentro que nunca se percibía como un gran salto.


Hoy en cambio sí tienes esa sensación de que el puente es más largo al encontrarte con orillas más alejadas, las de culturas que se diferencian en tradiciones y fondos, en lecturas diferentes, raíces distintas. El diálogo aquí es otro muy distinto, también enriquecedor.

Estos estudiantes vienen por la Cultura —por esa lengua que pisoteamos, esas obras que apenas leemos, por los paisajes que no miramos—, además de por las materias que sean de su interés. Les atrae el idioma y una España o América Hispana imaginadas que se han construido, como es inevitable, a través de caminos sorprendentes. Ellos se han lanzado a aprender español eligiéndolo por motivos que muchas veces se nos escapan, pero que son para ellos una gran motivación. Han hecho el tremendo esfuerzo de aprender un idioma —mejor o peor, pero siempre con ilusión—, de subirse a un avión y separarse de familia y comida (las dos cosas se echan de menos), de cambiar de costumbres y llegar aquí a un mundo que los ve como parte de un paquete indiferenciado. Podían haber elegido otro idioma, pero eligieron el nuestro; podían estar en otro sitio, pero están aquí. Aquí, sí, con nosotros.
Me alegro mucho cuando los veo en las fotos de grupo en Facebook, celebrando con amigos españoles y de otros países nuestras fiestas y las de ellos, organizando cenas en pisos en los que apenas caben todos, apiñados pero contentos.
Me emociona ver a los estudiantes egipcios de español en la Universidad de El Cairo con sus pegatinas, camisetas y banderas españolas, con sus "I love Spain", algo que casi ya no nos podemos permitir nosotros.
He visto a alumnos chinos temblarles la voz ante el tribunal de su máster al decir que ha sido el año más feliz de su vida el que han pasado entre nosotros. Para muchos es el cumplimiento de un sueño que ha costado mucho esfuerzo y sacrificio alcanzar.


Quizá tratas de recuperar, tomándola prestada, un poco de esa ilusión que el día a día te va quitando y que gracias a estas inyecciones vitamínicas —y a algún gen descolocado— puedes sobrellevar tanta desgana y desdén educativo como el que ves.
Recuerdo una conversación con alumnos egipcios de español en los jardines cairotas del Instituto Cervantes. Habían quedado todos allí para hacerse la fotografía de fin de curso del grupo. Mientras esperaban para hacerla, charlamos un rato y manifestaron sus inquietudes respecto al futuro que les aguardaba tras sus estudios. Les dije que ellos eran "puentes", que conocían dos idiomas y que aspiraran a algo mejor que a recoger turistas malhumorados y gritones en el aeropuerto o en los hoteles; ellos serían traductores, mediadores entre dos culturas, exploradores de diferencias y similitudes. Su responsabilidad al hablar dos lenguas era transmitir a una parte lo mejor que encontraran en la otra; que lo que les gustara en español lo contarán en árabe y que lo más valioso que encontraran en su lengua lo vertieran al español. A algunos se les iluminó la cara; veían un destino posible algo mejor, alejado de los operadores telefónicos y de los guías turísticos. No es un destino fácil, pero hay que tener esperanzas porque son necesarias las personas que amen las culturas y no solo que se sirvan de ellas.


En estos puentes se circula en dos direcciones, aprenden y aprendes. Acabas descubriendo poco a poco que las distancias culturales son también una invitación, una ocasión para explorarte a ti mismo, para comprender cuánto de artificial hay en lo natural, cuánto de dogma en nuestras verdades. Y cuánta soberbia y prepotencia hay suelta por el mundo, cuánta ignorancia disfrazada de orgullo mal entendido. No hay mejor test para conocernos que nuestra actitud ante el otro. Nos basta ver como trata al que llega para saber cómo es una persona.
Ayer me alegró el día una postal llegada desde Shanghái. Era el primer día de reincorporación a su trabajo de una brillantísima alumna —obtuvo la más alta calificación por su trabajo final— que dejó su estupendo empleo en un importante grupo empresarial —sus jefes le dijeron que la apoyaban en su formación— durante un año para cumplir su sueño de realizar un máster en España. En su primer día me había escrito esa postal diciendo que nos echaba mucho de menos y me contaba cómo la empresa la había asignado a proyectos en Europa y especialmente con España. Iba a poder poner en práctica lo que había aprendido y eso la llenaba de satisfacción.


Curiosamente, la postal es una fotografía de unas preciosas casas construidas sobre pilares en el agua, a las que se llega por un puente en zigzag; son casas-puentes de un lugar llamado "Yu Yuan", Jardín de la Felicidad. Es un recinto que se encuentra al norte de Shanghái, construido en el siglo XVI, durante la dinastía Ming. Fue creado por Pan Yunduan a imitación de los jardines flotantes imperiales. Sus padres, ya ancianos —nos cuentan— , no podían viajar a ver los jardines originales y él los recreó para ellos. La postal recibida cumple la misma función, nos une; me trae imagen, palabras y recuerdos.

Tiene razón Salinas: "hay puentes... " Solo hay que recordarlo. Si no, como dice, ¿qué hubiera sido de nosotros?





 




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