jueves, 5 de septiembre de 2013

Ha nacido una palabra

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Que se reúna la Academia! ¡Que paren las máquinas!¡Que detengan la edición del Diccionario! ¡Ha nacido una palabra!
El otro día entrevistaban a un académico de nuestra Lengua (y la de otros) que decía que la Academia jamás había inventado una palabra, que todas y cada una de las que entran en el Diccionario lo hacen por la vía del uso. Es cierto, pero es una verdad a medias porque hay algunas que hacen más cola que las de primero de mes para sacar el abono transporte;  también es verdad a medias porque algunas con poco uso se cuelan rápido y otras con mucho uso, pero poca recomendación, se quedan fuera hasta que se mueren como pez fuera del agua.
Los españoles no confiamos en muchas instituciones, pero sí en los diccionarios —incluso los que leen poco— y se escucha mucho eso de "¡no existe porque no viene en el diccionario!" confundiendo que una cosa es la existencia y otra la legalidad, como bien saben esos a los que les dices que no se puede girar ahí y te contestan "¡mira como sí se puede!" mientras dan el volantazo.

Acabamos de asistir al nacimiento de una palabra como a veces nos cuentan los astrónomos que ha nacido una estrella, como un destello minúsculo en el cielo, una luz que va creciendo en intensidad y que pronto, en términos cósmicos, será sol de algún sistema irradiando vida, incluso vida inteligente en algún momento de este universo o multiverso, que se expande o se contrae, según la teoría que aceptemos o la actualización de nuestra enciclopedia. Sí, ha nacido una palabra como nacen las estrellas.
A veces se trata de palabras nacidas en el laboratorio, como me contaron que ocurrió con "jeriñac", término resultante de un concurso nacional muy bien dotado, con perdón, para la época. Me lo contaron como ejemplo de no  sé qué en una clase de la carrera y se me quedó, como todas las cosas inútiles, para el resto de los tiempos. La recuerdan todavía en Jerez porque de allí surgió la idea de no usar palabras gabachas, como "cognac", o de esos adoptadores de gibraltareños, como "brandy".
En 1950, el Consejo regulador de Jerez convocó un concurso para que españoles y genios de otras latitudes con conocimientos de español presentaran propuestas para denominar al "jerez". El éxito de la convocatoria, ante las perspectivas de las 10.000 rubias de entonces de premio, estaba garantizado:

Una avalancha de cartas comenzó a llegar desde todo el país y norte de África. Una de ellas incluía hasta ¡noventa denominaciones! Y fue tal el interés que despertó el concurso que se contaron más de 30.000 voces para bautizar con un vocablo nuevo un producto antiguo. Hasta el jurado llegaron términos de todo tipo: 'Extremo derecha', 'Jody', Jerezsolvín', 'Ballena', 'Pepe' o 'Banderillero'. De esas 30.000, fueron seleccionadas 533 en tres razas, cuenta el irrepetible José de las Cuevas en el libro 'Historia apasionada del Brandy de Jerez'. "Primero: Los mestizos de Jerez y coñac (algunos escalofriantes): 'Xeriñac', 'Jerinac', 'Coñajer', 'cojer', 'Jernac', 'Joñac', 'Jercó'... Hubo incluso sus pinitos históricos: 'Astiñac', 'Ceretñac'..."
La segunda, los mulatos de Brandy y Jerez. Más numerosos en cantidad, pero exactamente igual de feos: 'Jerebran', 'Jerendy', 'Brandixer', Xebrand', 'Xibrany', 'Brendano', 'Jerezandy'. "La tercera especia pretendió escapar del cerco por los aledaños. Agotaron los segundones de la viña y del alambique: 'Jerein', 'Jerezvid', 'Jeruva', 'Calduva', 'Bijerez', 'Destiljerez', 'Jerlicor', 'Jerezvita', 'Vinardiente', 'Pirosin', 'Cherquemado', etc..., etc...
El 3 de julio de ese año, el jurado, que componían Julio Casares, José María Pemán, Manuel Barbadillo, Manuel de la Quintana, Ramón García Llanos y Antonio Muñoz anuncian el fallo: Será 'Jeriñac' el término premiado, cuyas 10.000 pesetas se repartirán seis concursantes que enviaron esa propuesta, uno de ellos el recordado jerezano Juan de M. López de Meneses. Al tiempo, el fallo recomienda al Consejo el uso de la palabra pero sin la 'ñ' "por la extrañeza que pueda causar fuera de España".*


Pero "jeriñac", "jerignac" o "jerinac" eran unas palabras artificiales y amaneradas,  de laboratorio, pervertidas por la codicia del premio, palabras destinadas al fracaso y al escarnio, según confirman las crónicas, materia prima de chistes espirituosos.  No, no es vía noble el concurso para la creación de palabras.
Las palabras deben nacer, como le gustarían a Martin Heidegger, revelando algo del mundo, acogiendo la experiencia del Ser inmerso en los flujos de la existencia de la cual es consecuencia —o algo así—. La palabra es destello, iluminación. Debe nacer numinosa, fruto del azar y la necesidad, sin que se comprenda muy bien cómo llegó al mundo, cómo llegó a nuestros labios tal como las abejas fueron a los labios de Virgilio,  como comentan sus biógrafos, a degustar su dulzura.
La palabra nace inocente, revelando el mundo, pequeñita. Emociona contemplar esa nueva energía entre tanto término caduco, desgastado por el uso, como decía Mallarmé.
Sí, ha nacido humilde, en un modesto pie de foto, necesitada de atención y algo de vista. Algunos pensarán que nació por casualidad; otros, en cambio, dirán que no existe el azar y que solo ocurre que desconocemos cómo llegó hasta allí y que si el Demonio de Laplace pasara por el lugar en ese momento nos lo explicaría con todo detalle y quedaríamos convencidos.


La nueva palabra es poética, es técnica y reúne un alto valor semántico y descriptivo. Yo ya la he incorporado a mi lexicón mental y la incluiré en mis conversaciones o escritos en cuanto tenga ocasión, que me imagino que será muy pronto. A ver si conseguimos verla en el diccionario para riqueza de la Lengua común.
Ha nacido, además, en un entorno decadente en el que las palabras ya no significan lo que significan, no revelan sino ocultan, desgastadas por su mal uso. Ha venido a un mundo, sí, en el que se encuentran párrafos como este:

Zaragoza ha difundido esta tarde un escueto comunicado en el que asegura que renuncia a ese cargo “para no perjudicar a mi partido y de acuerdo con el primer secretario del PSC”, Pere Navarro. Fuentes socialistas explicaron que el abandono es provisional, "hasta que se esclarezca su participación en el caso", aunque el comunicado no se refiere a la provisionalidad de la decisión.**

Algunos habrán ya adivinado que se trata del espinoso asunto que surgió de aquella comida político-sentimental en la que además de los cubiertos habituales estaban —"encubiertos" y posteriormente "descubiertos"— los micrófonos de la agencia de detectives Método 3, uno de esos episodios ejemplares de la vida política que nos gastamos últimamente. Ahora ha salido a la luz que D. José Zaragoza —exsecretario de organización del PSC y dimisionario de la ejecutiva federal del PSOE—, supuestamente, encargó a la agencia que investigara al alcalde de Badalona, para determinar su residencia, según nos informa la prensa.


Gastar las palabras es decir que se dimite "para no perjudicar" cuando ya se ha perjudicado; lo es también llamar "abandono" a una salida vergonzosamente forzada y forzosa; igualmente lo es llamarlo "provisional" y hablar de "esclarecer" lo que se ha negado hasta el momento. Aquí dimite todo el mundo por no hacer daño cuando el daño ya está hecho. Este desgaste de las palabras se vuelve más intenso cuando leemos: «La renuncia de Zaragoza se produce horas después de que el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba haya calificado esta mañana de "repugnante" el espionaje político y haya anunciado que si se confirma que el PSC ordenó el espionaje, "tendrán que tomar decisiones".»* Cuando los textos se llenan de comillas, es que algo ocurre en el mundo, que las palabras ya no lo describen bien o que no nos atrevemos a llamar a las cosas por su nombre. Algunos dicen que pedir a los detectives que verifiquen un domicilio y hagan guardia frente a él —como aparece en los correos electrónicos— es "poco espionaje", pero evidentemente es también jugar con las palabras, más comillas.

Y es en este lodazal de la política, en este estercolero diario de "sobres", "sobresueldos", "papeles", "institutos" y demás palabras entrecomilladas, en el que la palabra nace con su sentido revelador, bajo la foto solitaria del señor Zaragoza, dimisionario avant la lettre. No surge de un concurso artificial, como la olvidada "jerignac"; lo hace de forma que hubiera encantado a Flaubert —le mot juste—, a Breton, a Joyce, a Freud —que le hubiera dedicado un capítulo vibrante de su Psicopatología de la vida cotidiana—, hasta a nuestro Ramón le hubiera encantado y lamentaría que no se le hubiese ocurrido a él y habernos hecho una greguería.
La palabra recién llegada —¡saludémosla!— es: jejecutiva. ¿Cabe mayor síntesis, mayor expresividad, mayor condensación, que ese cambio de valor —casi de inversión nietzscheana, de carnavalesco bajtiniano— por el simple añadido de una jota traviesa? Cada vez que vean ustedes a estos políticos, unos y otros, que nos abruman y desesperan, reunidos, prestos a tomar decisiones que nos hacen temblar por lo que de allí saldrá, perjudicados porque nos afecta o porque no nos afecta, repítanse para sus adentros: "¡vaya, ya se ha reunido otra vez la jejecutiva!". Se sentirán algo liberados.


Cuando se abusa de las palabras, retorciéndolas, vaciándolas de significado, ellas se vengan así. ¡Benditas erratas que nos hacen pensar y, en ocasiones, reír!

* "Jeriñac, el concurso más tonto del siglo" Diario de Jerez 1/07/2012 http://www.diariodejerez.es/article/jerez/1296734/jerinac/concurso/mas/tonto/siglo.html

** "Zaragoza deja la ejecutiva del PSOE por el espionaje de Método 3" El País 4/09/2013



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