lunes, 29 de julio de 2013

El canto del gallo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario ABC publica hoy un artículo del economista francés Guy Sorman en el que se pregunta, a través del titular y en el cuerpo del texto, "¿Cómo hacer callar a la señora Lagarde?". Sorman es un economista liberal de vieja (puede usarse también "rancia") escuela, asesor del gobierno de Sarkozy desde varios puestos.
Sorman desarrolla en el artículo las tesis liberales encarnadas esta vez en la ilustrativa historia del gallo "Chantecler", dramatizada por Jean Ronstand en 1910. Chantecler cree que es su canto matutino el que hace salir el sol, partiendo de la evidencia de que ambas cosas ocurren a la vez. Para el liberal Guy Sorman, los políticos son la encarnación del gallo presuntuoso al creer que es su canto el que rige el día y la noche. Escribe Sorman:

[...] la mayoría de los políticos occidentales, y más aún los tecnócratas de las instituciones internacionales, se creen Chantecler y se imaginan que su palabrería y sus previsiones determinan la tasa de crecimiento. Los pueblos, intoxicados por tantos discursos, acaban por creérselos y esperan que esta clase política local e internacional cree el crecimiento anunciado. Por desgracia, el crecimiento no obedece a las conminaciones públicas. La historia económica nos enseña que los Gobiernos y las instituciones internacionales tienen una gran capacidad para destruir la economía, pero muy poca para construirla. ¿La destrucción? Es fácil: producir inflación monetaria; aumentar los déficits públicos; financiar infraestructuras inútiles; descalabrar los intercambios comerciales, nacionales e internacionales; anunciar pronósticos absurdos; paralizar el mercado de trabajo; y planificar inversiones industriales en boga. Esas son las flechas envenenadas que están en el carcaj político.*


El observador de gallos Sorman debería señalar que la "historia económica" que debemos leer para ilustrarnos en este sentido es, indudablemente, la escrita por los economistas liberales como él. De todas las teorías sobre la limitación de la acción ninguna resulta más ridícula que las de los economistas ultra liberales negando de forma constante que las únicas acciones que producen destrozos son las de los gobiernos. Después de unas crisis como las vividas organizadas desde unos sectores financieros dejados al pairo gracias a los consejos y acciones de gentes como Sorman, es bastante arriesgado echar la culpa a los gobiernos de los desastres de la economía mundial. Es indudable que los gobiernos tienen responsabilidades en determinadas situaciones, en muchas. Lo que no es sostenible es que sean las acciones de los gobiernos —las que sean— las que causen las crisis.

Se puede compartir el recelo ante la actual clase política frente a la crisis, pero no por los motivos que Sorman señala, sino justo por los contrarios: la clase política está maniatada por los intereses de las grandes compañías y grupos que han conseguido sacar tajada a costa de los ciudadanos, a los que están empobreciendo. Esta idea no es nueva y la sostienen desde Galbraith a Max Otte, con diversos grados de radicalidad. Los gobiernos, nos vienen a decir, cada vez pintan menos ante el poder desarrollado por las grandes empresas.
Una cosa es que los gobiernos e instituciones "actúen mal" y otra cosa que "sean el mal", tesis sostenida por el dúo Reagan-Thatcher bajo el lema "el gobierno es el problema". Desde luego, hemos podido descubrir que hay gobiernos problemáticos, pero también que los gobiernos que no actúan nos dejan en manos de unas fuerzas que no son precisamente angélicas. Los malos gobiernos no son solo los que actúan mal, sino también los que no actúan frente a los problemas, los acomplejados, los que hacen caso a los Sorman y compañía, cuyas soluciones son siempre la retirada. Hay algo peor que un gobierno que se equivoque y es que un gobierno considere que no debe intervenir allí donde hay problema. Los gobiernos que crean que ellos son un problema deberían ser consecuentes y dejar el sitio a otros que crean que sí sirven para algo. La causa de porqué no lo hacen es evidente: están allí apara defender los intereses de los que creen que los gobiernos no deben actuar. De eso es de lo que se encargan los asesores liberales de gobiernos inútiles y acomplejados. Fomentan el tancredismo económico.


El ciego convencimiento de lo nefasto de las acciones de gobiernos que no impliquen harakiri de los ultra liberales —que podría ser entendido como escepticismo— con su confianza igualmente ciega en otros mitos. Este escepticismo se desequilibra con su fe empresarial. Concluye Sorman con el consabido canto a la única fuerza libre de pecado sobre el universo:

¿Quién hace que salga el sol entonces? Los empresarios, por supuesto, y solo ellos crean valor real, siempre que los Gobiernos se ciñan estrictamente a su labor —indispensable— que es la de establecer unas reglas de juego legales, estables y previsibles. Sin este Estado de Derecho, no hay crecimiento. En un Estado de Derecho, observaba hace no mucho Milton Friedman, el crecimiento es casi natural porque los empresarios no pueden evitar crear: es más fuerte que ellos. Los Gobiernos también son indispensables (contrariamente a lo que dicen algunos liberales demasiado integristas) para hacer frente a las dolorosas consecuencias sociales del cambio, lo que Joseph Schumpeter llamaba «la destrucción creadora». En resumidas cuentas, un buen gobierno económico debería preguntarse cuál es la manera de no impedir que los emprendedores emprendan y la manera de hacer que la «destrucción creadora» sea aceptable para la sociedad. Todo lo demás es, o bien perjudicial, o bien un síndrome de Chantecler.*


No deja de ser graciosa esa "necesidad" que el mundo tienen de gobiernos para asegurarse que los empresarios, fuerza beatífica de la naturaleza, tengan las manos libres para poder realizar sus acciones. Sorman, que tendrá el humor de considerarse un liberal moderado por no sostener que los gobiernos deben desaparecer, cree en los gobiernos para librar de obstáculos a los emprendedores, fuerza ejemplar de la naturaleza destinada a sacarnos a los demás de la pereza y el arroyo mediante golpes de genialidad creativa.

Es irritante la afirmación de que los gobiernos están para hacer la labor sucia de los movimientos empresariales, eso que llama de forma eufemística "hacer frente a las dolorosas consecuencias sociales del cambio", que por cierto solo son dolorosas para aquellos que son explotados por los deseos de aumentar beneficios, que para algunos es el cambio verdadero.
Ya que trae la idea de Schumpeter de "destrucción creativa", tantas veces citada y no demasiado bien entendida, debería hacer un repaso más amplio su obra e incluir algunos aspectos desarrollados, por ejemplo, en ¿Puede sobrevivir el capitalismo? Algunos se han tomado demasiado literalmente la idea de "destrucción" y muy metafóricamente la de "creación". En sus conclusiones finales, Schumpeter escribió: "El proceso capitalista no sólo destruye su propia armazón institucional sino que crea también las condiciones para otra evolución" (232). Esa otra "evolución", en su explicación, lleva hacia una forma de socialismo, creado por algo más que "un vacío" dejado por el capitalismo en su proceso de desinstitucionalización: "las cosas y las almas se transforman de tal modo que se encaminan de una manera cada vez más resuelta hacia la forma de vida socialista" (232).

Un capitalismo burocrático y automatizado, especulativo, que ha perdido el romanticismo creativo del emprendedor, de la aventura de progreso real, del que no solo se beneficia él, sino los que le rodean, acaba siendo el peor enemigo del capitalismo. Dice Schumpeter: ""Los verdaderos monitores del socialismo no han sido los intelectuales o agitadores que lo predicaron, sino los Vanderbilt, los Carnegies y los Rockefellers" (181). Es el propio sistema el que "destruye", no creativamente, a sus principales baluartes, las clases medias —a cuyo proceso de reducción estamos asistiendo en todo el mundo— los empresarios clásicos, los vinculados personalmente a sus empresas y a la transformación en el entorno social en el que se desarrollan.
La "destrucción" per se es un absurdo. No es creación eliminar obstáculos —desregular— para que algunos —unos pocos— se beneficien mientras que una mayoría se empobrece. La "destrucción creativa" de Schumpeter es un proceso general en el que la Ciencia y la Tecnología se incorporan a la producción para una mejora del sistema en su conjunto, que se ve beneficiado también por los avances realizados, no solo como mejores productos sino con un bolsillo capaz de comprarlos. Es ahí donde falla en ocasiones la argumentación: el entorno que decide la supervivencia de los empresarios no es otro que la sociedad en su conjunto, aunque algunos prefieran llamarlo "mercado". La idea de Schumpeter es que la "evolución" creativa ha sido sustituida por un tipo de capitalismo burocrático y anquilosado, que tiende a frenar la transformación, que debe ser social. Por eso nada es menos "creativo" que el empobrecimiento generalizado al que asistimos, que el aumento de las diferencias sociales.


Por mucho que se diga que hay que "repensar el capitalismo", como señaló Sarkozy —supongo que ese día Sorman no le asesoró— siempre afloran las ideas que, desde luego, no salen de un proceso de "destrucción creativa", sino de los viejos baúles.
Dentro de la metáfora biológica de la "destrucción creativa" de Schumpeter, la supervivencia no está garantizada a todos. Solo triunfan algunos; los demás se arruinan y desaparecen. La responsabilidad de los gobiernos, en cambio, viene a decir Sorman, es acoger los restos de los naufragios provocados por las aventuras desastrosas de los que se lanzaron a ellas. Deben hacerlo cada vez con medios más precarios y convirtiendo la asistencia en un nuevo negocio en el que unos se puedan lucrar y otros naufragar en el intento.
"¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no creo que pueda" (47), decía Schumpeter en la primera línea de su obra. Schumpeter no creía que dejado a su aire, como cree Sorman, el mundo marchara necesariamente hacia la perfección, solo que se asentarían las condiciones para que llegara lo que tenía que llegar. La creación-destrucción no sería más que una forma ciega de aproximarse al cumplimiento del destino, una forma cíclica de avanzar renovándose. Como la Naturaleza, es un destino sin especificar; no hay diseño inteligente, no se parará en el punto que nos guste porque pararse supone la extinción. En el fondo, cualquier Teoría de los Ciclos es una forma de creer en el cambio como destino, que llega más tarde o más temprano, de una forma u otra. El destino no es más que el guión escrito para un teatro de marionetas cuyos hilos se pierden en la oscuridad de la noche. Si la obra está escrita o es improvisada, excede a la pobre comprensión de las marionetas.


Guy Sorman pertenece a esa creciente especie de juglares cortesanos que proliferan en cortes decadentes, deseosas de escuchar las leyendas sobre los males y pecados de su origen. Chantecler, el gallo de Ronstand, creía que con su canto se levantaba el sol. El gallo de Guy Sorman, en cambio, cree que el sol se eleva con su silencio. Es otra forma de superstición.

* "Guy Sorman: '¿Cómo hacer callar a la señora Lagarde?'" ABC 29/07/2013http://www.abc.es/economia/20130729/abci-sorman-lagarde-201307262115.html

** Joseph C. Schumpeter (2010) ¿Puede sobrevivir el capitalismo? [1942] Capitán Swing, Madrid






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