jueves, 5 de enero de 2012

El debate educativo de Idaho: más allá de la tecnología

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En el estado de Idaho se está debatiendo algo más que lo que se ha discutido en los caucus de Iowa. Frente a los diversos grados de mesianismo de los candidatos a la nominación republicana, en Idaho se discute sobre otra cosa, tecnología y su reflejo sobre la educación*. Ante las presiones estatales para que los alumnos y profesores utilicen tecnología en las clases —ordenadores y clases on line—, la comunidad educativa está dividida. El Estado está desarrollando redes, organizando cursos de formación y la entrega de ordenadores para los profesores y tiene previsto hacerlo a ochenta mil alumnos.
El debate sobre el uso de la tecnología en la educación tiene muchos niveles y todos deben ser considerados. Pero el primero de ellos es que la “tecnología” forma ya parte de nuestro mundo y no debe quedar fuera del aula ni como instrumento ni como objeto de estudio, como algo existente en nuestro entorno. Ya planteó Marshall McLuhan en los sesenta que el aula se estaba convirtiendo en un espacio aislado de su entorno, que cambiaba a una velocidad mayor desde el punto de vista de las comunicaciones. La cuestión no es “tecnología sí” o “tecnología no”, que es absolutamente anacrónica, sino otro tipo de consideraciones, a nuestro juicio, más importantes.
La primera consideración es que toda enseñanza se apoya en una tecnología de la palabra. Cuando estamos sumergidos en una de ellas —oral, escrita—, nos parece natural y la siguiente tecnología de las comunicaciones que llegue será considerada inicialmente agresiva y doloroso su aprendizaje. McLuhan llamó a esto el “drama eléctrico”, el paso de la tecnología de la imprenta al mundo electrificado que comenzó con los medios masivos como la radio y la televisión, los medios globales y globalizantes.


Lo que se debate ahora en Idaho es la introducción de la tecnología como un programa general cuya finalidad no obedece a los fines educativos sino a otros muy distintos. En primero lugar, las acusaciones de los resistentes tienen una denuncia clara: las empresas tecnológicas son las que financian la campaña electoral del gobernador Otter. Aquí se plantea siempre la peculiaridad del sistema norteamericano: ¿financian al gobernador porque les parece bien o al gobernador le parece bien porque le financian? Independientemente de dónde vayan los bueyes, suele ser un rasgo común de esta polémica allí donde se produce que la inversión va a la compra de ordenadores y material tecnológico, no avanzándose en lo que es realmente la tecnología educativa, las formas didácticas y los materiales adecuados. Los industriales y empresarios saben juntar piezas, pero no saben educar. A ellos les da igual para qué utilices el ordenador. Esta separación entre la producción de las herramientas y los materiales y contenidos educativos es una de las grandes cuestiones pendientes porque estos no son tan rentables como lo son las simples máquinas, cuyo proceso se ha abaratado al producirse sus componentes en lugares como China. El material educativo no lo producen los chinos, por ahora.

El gobernador Otter inaugurando redes de alta velocidad
La segunda crítica que se hace es que este intento de introducción de la tecnología digital no está al servicio de los estudiantes como educandos sino del sistema productivo al que le interesa cierto tipo de trabajador formado en el uso de las tecnologías. Esa es la tesis de  Otter, gobernador del estado de Idaho:

For his part, Governor Otter said that putting technology into students’ hands was the only way to prepare them for the work force. Giving them easy access to a wealth of facts and resources online allows them to develop critical thinking skills, he said, which is what employers want the most.*

Evidentemente, el hecho de que sea deseable por los futuros empleadores no lo convierte en negativo, pero tampoco en positivo. La conversión del sistema educativo en cursos de formación de personal y no de personas no es bueno socialmente. Y no lo es porque al sistema productivo no le interesan las personas, sino su trabajo, una única dimensión frente a muchas otras posibles. Si enfocas la educación desde el punto de vista productivo, te sobra casi todo. Este es uno de los grandes males sociales producidos por este enfoque: la ignorancia productora, saber lo necesario, lo demás es derroche. La teoría de la formación continua no es más la aplicación a la educación de las necesidades de la producción, el reajuste a las necesidades del sistema frente a cualquier otra consideración. La persona pasa a ser formada según sus necesidades, que nunca son las suyas sino las de sus empleadores. Richard Sennett lo vio y describió muy bien en La corrosión del carácter.
Las universidades, cuyas conexiones con el mundo productivo se estrechan cada vez más en busca de financiación, nos hemos plegado en demasía ante esta idea fragmentaria y utilitarista de la educación. La consecuencia es la degradación constante que todos vemos.

Hay otro debate: el papel del profesor. Es corriente que se ataque a estos —no siempre sin falta de razón— por negarse a aceptar la tecnología. Existe un componente generacional muy fuerte en la cuestión tecnológica. Su uso se ha ido intensificando en las nuevas generaciones y eso establece una distancia muchas veces entre educadores y estudiantes, que dominan más que sus enseñantes las herramientas. Se produce así una brecha profunda entre los que tienen el control de los conocimientos y los que tienen las herramientas, convirtiendo al recelo el ámbito de la confianza, la educación.
El profesor cambia profundamente si desaparece la clase como espacio físico de encuentro, como algunos temen. También desaparece el profesor que se convierte en teleoperador. Si la educación es un negocio, ¿por qué no someterlo a los mismos procesos de transformación que otros sectores: deslocalización, automatización, etc.? El crecimiento de la enseñanza on line en Estados Unidos —y no solo allí— es grande. Muchas veces se hace bajo la idea profundamente idiota de que el Estado manipula a los alumnos convirtiéndolos en siervos y el derecho de los padres a decidir su servidumbre manteniéndolos en casa. Esto ya no es característico del granjero perdido: es lo que hace el segundo candidato republicano, Rick Santorum, partidario de lo que se ha llamado en USA  “Teacher vs Tutor”, el derecho a recibir fondos educativos para pagar la educación particular en casa**.  Más allá del debate entre lo público y lo privado, ha surgido lo aislado.  Se ha abierto un gran negocio, una oportunidad, que muchos ven como productiva para un futuro on line.


La idea de convertir al profesor en un “orientador” o en un “gestor de conocimientos” ajenos es de una gran simpleza, como lo es el pensamiento de su origen, el sistema gerencial. El famoso lema de “aprender a aprender” deja fuera, en segunda ronda, al educador, que tiene como función enseñar el auto aprendizaje, algo mucho más barato para el empleador. Como contrapartida, el negocio de la educación se traslada al “enseñar a enseñar”, es decir, a los cursos destinados no a los alumnos tradicionales —que después aprenden por su cuenta u on line— sino a formar educadores. Este es el gran negocio que se le ha abierto a la educación y ante el que muchos han sucumbido: los cursos de formación de formadores, el gran negocio de la pedagogía. La idea ya no es formar personas, sino mantener a unos y a otros dentro del ciclo del consumo educativo permanente. Las universidades también han sucumbido a esta tentación. La exigencia de cursos y cursillos para poder acceder a determinados puestos, plazas u oposiciones es una de sus variantes. En un mundo vertiginoso, la gente está obligada por los cambios del mercado y el empleo a cambiar permanentemente. Para muchos este es el futuro deseable, lo inestable creativo. O angustioso.

El candidato Rick Santorum
No se trata de un debate sobre lo nuevo y lo viejo tecnológico. Se trata de un debate mucho más profundo sobre la consideración de la educación como “industria educativa” y de la educación como formación para satisfacer necesidades del mercado y el sistema productivo. Ese es el verdadero debate, más allá de la instrumentalización, del gremialismo docente.
Lo importante es saber que estamos formando personas con unas necesidades propias, descubriendo y construyendo sus personalidades a lo largo de un proceso educativo en el que se producen formas de comunicación más allá de la eficacia meramente funcional.
Lo que se debate en Idaho y en muchos otros lugares del mundo va más allá de la financiación de una campaña electoral por la industria de los ordenadores, de la obsolescencia de los viejos profesores, de la “híper tecnología” de los más jóvenes y otras cuestiones puestas sobre el tapete. Lo que se debate es para qué se aprende, cuáles son las prioridades personales y sociales. La educación puede perder su rumbo entre libros o entre ordenadores, porque el problema real no es ese, sino lo que hay detrás: el papel de la educación en la sociedad y sobre todo, el tipo de sociedad que queremos.
Toda educación, es cierto, debe hacerse para el mundo en que se vive. Pero también es cierto que toda educación debe enseñar a transformar ese mundo en el que se está para hacerlo mejor.

* “Teachers Resist High-Tech Push in Idaho Schools” .The New York Times 3/01/2012  http://www.nytimes.com/2012/01/04/technology/idaho-teachers-fight-a-reliance-on-computers.html?pagewanted=1&ref=general&src=me
** The Political Guide: Rick Santorum- Education http://www.thepoliticalguide.com/Profiles/Senate/Pennsylvania/Rick_Santorum/Views/Education/


Marshall McLuhan


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