domingo, 6 de noviembre de 2011

Un libro: La primavera árabe, de Tahar Ben Jelloun


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Tahar Ben Jelloun es un reconocido escritor marroquí que eligió, forzado como tantos otros, vivir su país desde Francia. Los procesos de arabización e islamización de muchos países tras la revolución iraní, ya fuera por efectos, directos o indirectos, es decir, para aproximarse o para huir de ella hacia otros modelos alternativos, iniciaron una segunda diáspora de intelectuales hacia Europa y, en especial, Francia como colonia que les había dado una formación y una lengua.
Ben Jelloun, encarcelado por el régimen marroquí, profesor de filosofía, decide marchar a Francia y allí se especializa en Psicología social, en donde desarrolla una carrera importante como escritor, trayectoria que le lleva a ganar el premio más importante de las letras galas, el Goncourt, en 1987, con La noche sagrada, continuación de su obra anterior, El niño de arena (1985). Teatro y ensayo, además de las novelas, le han convertido en uno de los autores en lengua francesa más conocidos por todo el mundo. Como suele ser característico del que siente la pasión por la tierra abandonada, no deja de reflexionar sobre ella y mantiene esa relación de amor odio que implica quererla y tener que criticarla, ese conflicto entre lo que se deja y lo que se desearía encontrar al volver, pero que nunca se encuentra.

La primavera árabe (2011) es un intento de explicación rápida de algo que comprendemos malamente en su sentido general y tardaremos años en comprender en su detalle. Pero la complejidad de los fenómenos históricos no excluye la necesidad de comprender el sentido de los movimientos y transformaciones rápidas en el presente. La Historia parece funcionar como las botellas de champán, que se agitan y acaba saltando el tapón con gran estruendo. Los curiosos —historiadores, periodistas, políticos…— se preguntan entonces cuándo comenzó a agitarse la botella, quién lo hizo y con qué intenciones, especulaciones necesarias y de lectura amplia y variada que no anulan la principal: toda botella de espumoso que se agita, estalla.
Así explica Tahar Ben Jelloun su intención en la propia obra:

He escrito este breve libro para explicar lo que pasa hoy en el mundo árabe, pues, si bien nadie podía prever esta primavera revolucionaria, también es cierto que durante los últimos años se podían percibir muchas señales anunciadoras., Mi labor de observador, recogida en los numerosos artículos en la prensa internacional durante la última década, así como mi viaje a Libia en 2003, me han permitido constatar la exasperación general de las poblaciones árabes, víctimas de regímenes inaceptables. La paciencia de los pueblos tiene un límite, llegó la gota que colma el vaso: se ha roto en mil pedazos… (12-13)

Son ya muchos los analistas del mundo árabe, árabes muchos de ellos, a los que escucho la explicación de la previsibilidad de las revueltas. Desde un punto de vista epistemológico, confirman un viejo y permanente principio: el de la ceguera o cierre epistémico. Es el exceso de conocimiento lo que nos impide ver. Los comentarios que yo mismo tuve ocasión escuchar en Egipto un año antes del estallido, mis conversaciones con diferentes personas, contrastaban con lo que tenía delante. El pesimismo sobre el cambio, su imposibilidad, era lo que vaciaba toda posibilidad de lanzarse definitivamente a realizarlo. Sabían demasiado como para aceptar que estos pueblos, pacientes eternos de sus dictadores, pudieran levantarse. Sabemos que hay gotas que colman el vaso, como señala Ben Jelloun, pero no sabemos el tamaño del vaso aunque vayamos contando las gotas que caen.


Este blog comenzó precisamente como un intento de inyección de fe en muchos amigos árabes que lo veían todo desde la negrura de la experiencia previa, desde la experiencia de treinta, cuarenta, sesenta años de dictaduras crueles e infames, continuadoras de otras dictaduras en la mayoría de los casos, continuadoras de situaciones coloniales, etc. Una larga cadena de servidumbre en la que, mandara quien mandara, siempre se partía de un principio básico: la incapacidad del pueblo para gobernarse, para decidir por sí mismo cómo quiere vivir su vida, concepto extraño para muchos de ellos el “su”, porque nadie les preguntó jamás nada. Ni consideraron que debían hacerlo. La lucidez intelectual se veía más como una condena doble: comprender y comprender que no había nada que hacer.

En la primera entrada de este blog, titulada Otra vez lo imposible, redactada un par de días después de los primeros acontecimientos de Egipto, escribí: “La perspectiva de los propios medios y analistas de centrarse en la noticia hace olvidar lo que constituye el fondo de la realidad: la normalidad. Las grandes emergencias de lo imprevisto no son más que ese desbordamiento de la normalidad, de lo que está ocurriendo ante nuestros ojos ciegos por saturación. […] Hemos perdido, en gran medida, la capacidad de ver lo que tenemos delante o de prever sus consecuencias. Siempre hay señales que nos advierten, pero no siempre somos capaces de percibir su importancia. La mirada está condicionada por las expectativas de las cosas. Vemos lo que creemos posible. Lo imposible —una revuelta estudiantil, una revolución, la caída de un muro, un atentando suicida…—, sin embargo, ocurre.” Sigo pensando lo mismo.

Esa idea de ver solo lo que creemos posible y, a la inversa, excluir lo que nos parece imposible, es el bloqueo que ha actuado sobre tanto intelectuales del mundo árabe, perdieron la esperanza de que lo que comenzaba en la calle llegara más allá de la siguiente esquina. Las revoluciones son estallidos de normalidad reprimida. Es lo que ha ocurrido en estos países con las importantísimas variaciones existentes de uno a otro. Todo sale de un impulso, pero este se modela en función de los propios contextos. Los dictadores se parecían tanto que consiguieron que sus víctimas se consideran poseídas por la misma desgracia. El efecto del club de dictadores, sus repetidas fotos colectivas y abrazos fervorosos, acabó actuando contra ellos. Cuando se descubre que la Ley de la Gravedad de la Dictaduras es universal, que los dictadores también caen al suelo como cualquier manzana podrida cae del árbol, los pueblos se aplican a moverles la escalera. Si uno cae, ¿por qué no probar con los otros? Como ya ocurrió con Hispanoamérica, en el cono Sur, los dictadores se hermanan para conservar su poder. También sus destinos negativos se unen cuando caen. Los dictadores se unen; los pueblos también.
Tahar Ben Jelloun escribe:

La mayor victoria de esta primavera árabe procede de su madurez. La gente ha salido a la calle espontáneamente, decidida a llegar hasta el final, sin seguir órdenes de ningún líder, de ningún dirigente de partido y aún menos de un líder religioso. Ésa es la victoria: ha sido una revolución natural, como un fruto tan maduro que se cae del árbol por sí solo un día de invierno, y al caer arrastra consigo otros frutos. Los árboles se han puesto a bailar de alegría como una fiesta. Nadie puede apropiarse de este movimiento que ha generado una onda de choque de gran alcance. (13)

El contraste entra la madurez y decisión de los pueblos y la incapacidad de sus intelectuales y analistas para comprenderlo es decisiva. En varias ocasiones hemos señalado ese carácter emocional de la revolución esa acefalia no solo es de liderazgo sino cálculo; como el que se lanza desde un trampolín, para saltar debe vencer sus propios miedos y convertir el acto del salto en algo irreflexivo. Solo después de la acción, esta puede ser pensada. Si se piensa antes, no se realiza. Por eso han quedado fuera de ella, como bien señala el autor, todos aquellos agentes que, previamente, parecían ser los que debían liderarla. Aquí no ha habido “vanguardia”. Y eso plantea los problemas a los que asistimos y asistiremos en cuanto se trata de reposar los hechos y crear una nueva y distinta normalidad acorde con sentimientos e ideas múltiples. La desgracia es algo que nos aplican; la felicidad algo que escogemos.
Aunque Tahar Ben Jelloun habla del papel de los disidentes, reconoce que no son ellos los que han movido esto, sino los que intentaron moverse de otra manera, en sus campos, muchas veces el exilio por seguridad, algo que no todos consiguieron por las persecuciones, familias incluidas. En conclusión no hay un fondo ideológico articulado, una conexión entre disidencia pasada y estallido actual.
La primavera árabe es un libro atípico y se agradece. Tahar Ben Jelloun recurre al análisis y a la creación, a las ideas y al sentimiento. No se puede dar nunca una explicación cerrada de algo que sigue abierto, en marcha. El libro no puede ser más reciente de lo que es, por mucho que lo intente. Es breve porque se está escribiendo cada día en las calles de Túnez, Egipto, Libia, Siria, Yemen o Bahrein. Es un libro bello en muchos momentos porque su autor sabe pasar de un registro a otro, sabe cuándo debe aplicar la ironía y el desprecio, hasta el ridículo, en los retratos de los dictadores y cuando debe, por el contrario aplicar su vertiente lírica y emotiva para hacernos llegar el dolor de los sacrificados. Combina relato e interpretación, datos y análisis. Es un libro rápido para acontecimientos veloces. Es un libro que existe porque debe quedar constancia de un proceso, una memoria rápida, un primer balance.
Escribe Ben Jelloun:

Tras Túnez, que está poniendo en marcha una nueva forma de vivir y trabajar, Egipto trastoca la creencia de que el mundo árabe es un bloque maldito, abocado a las dictaduras y la regresión. Algunos escritores han dedicado su vida a denunciar es maldición. Los poetas son siempre visionarios, anticipan aquello que debe sin ninguna duda cambiar. Los dictadores harían bien en leer a esos poetas que, en general, desdeñan. (48)

En efecto, nada es más prosaico que un dictador. Su incapacidad genética para ser verdaderos artistas solo es superada por la imposibilidad de ser buenos lectores de la realidad, directa o indirectamente. El dictador persistente es un ser aislado, por más que le rodeen, le besen y le den abrazos. Su aislamiento es mental; cierra las puertas porque tras ellas se escucha lo que no quiere oír. Y nadie ha cerrado más puertas que estos dictadores árabes; nadie ha sido más sordo.
A diferencia de otros pueblos con tradición democrática a los que no se ha conseguido anular, a los países árabes se les ha sometido a una destrucción progresiva de su autoestima, se ha distorsionado su propia imagen para hacerles aceptar a esos patriarcas que los reducían a una infancia grotesca para seguir manteniendo su poder. La degeneración de todo solo se explica por una corrupción innoble, una infamia permanente, una gigantesca hipocresía, que los ha mantenido en una pobreza insoportable mientras que algunos amasaban gigantescas fortunas.
Se habla mucho de la codicia de los “mercados”, pero existe esta otra forma de vaciar, de dejar reducidos a la mínima expresión a unos países que quedan convertidos en famélicas sociedades parasitadas por los entramados familiares y de allegados al poder, punto del que todo emana y que todo observa para repartir entre sus sicarios y adeptos. Durante décadas modelan e imponen una forma de actuar hasta que esta se confunde con el paisaje y se acepta como la única forma posible de vida.


Una parte de la obra se destina al retrato de las personalidades de estos dictadores, amos de sus países, auténticas propiedades en las que han podido desplegar todos sus vicios y olvidar cualquier virtud que le tocara en la lotería genética. El retrato de Gadafi es el siguiente:

Todo se quedó paralizado en la fecha fatídica del 1 de septiembre de 1969, día en que un joven capitán autoproclamado coronel dio un golpe de Estado y se hizo con el poder. La gente está triste, resignada y sin energía. No hay un Estado, un gobierno, unas elecciones. No hay una vida política como la del resto del mundo. En cambio, se nota la omnipresencia de Muamar Gadafi, el hombre providencial, el que ha disuelto el país en la olla hirviendo de un brujo. Solo existe él. Incluso el Corán ha sido sustituido por el Libro Verde que contiene los pensamientos del gran líder. Es todo a la vez: la Constitución, la Biblia, la referencia única y suprema del país.
Poner de rodillas a un pueblo entero, hacerle tragar unas afirmaciones extravagantes e irracionales, mantenerlo en la ignorancia y la pobreza: es lo que ha conseguido este hombre dese hace cuarenta y dos años, sin vacilar jamás en aplastar cualquier intento de oposición. Sin la presencia de periodistas, de testigos, el arrogante Gadafi está fuera de alcance, es el dueño absoluto. Se han comentado a menudo sus trastornos psíquicos. No hace falta un análisis profundo para darse cuenta de ello. Basta con observarlo: su narcisismo es patológico; su egocentrismo, patético; y su soberbia, terrorífica. (134-135)

Las fotos de nuestros limpios líderes occidentales abrazando a un dictador de la crueldad de Gadafi quedarán en la retina y en la Historia junto a los de su brutal linchamiento, fruto del embrutecimiento que el mismo generó con su crueldad.

Los retratos de los dictadores de Túnez, Egipto, Siria o Yemen son rápidos esbozos, complementos de esa realidad que nos llega en forma periodística, en artículos e imágenes, de patéticos seres caídos, faraones destronados, o criminales continuados que han intensificado el arte de la crueldad para seguir manteniendo el equilibrio en la escalera que les tiene encaramados al árbol del poder.
Junto a los monstruos de la Historia están los pequeños héroes que adquieren tamaño en la distancia, el efecto contrario al de los dictadores que se desinflan. El joven que se quema a lo bonzo en Túnez, el bloguero que se mantiene informando desde Bengasi para que el mundo sepa la matanza que se está cometiendo y que resultará muerto con su videocámara. Cumplía con lo que él sentía su deber, para con su dignidad personal y la de su propio pueblo, pisoteado por la bota cruel del dictador, sus hijos, sicarios y mercenarios reclutados en las cloacas africanas, ávidos de dinero sangriento, con licencia para poder exterminar y, tras cobrar y saquear, desaparecer. Impunidad absoluta, represión brutal.
Para Tahar Ben Jelloun los regímenes dictatoriales han tratado de evitar, por todos los medios a su alcance, la emergencia de la individualidad. Creo que es cierto. Con las oscilaciones entre sus nacionalismos, el panarabismo o el Islam mismo como coartada de unidad supranacional cuando les ha interesado, estos regímenes lo que han reprimido fuertemente es el desarrollo de una conciencia individual manteniendo y a provechando unas estructuras patriarcales en las que el individuo no cuenta:

Tanto en el Magreb como en el Mashreq, no se reconoce al individuo. Todo está conformado para impedir que emerja en tanto que entidad singular y única. Fue la Revolución Francesa la que permitió a los ciudadanos franceses convertirse en individuos con sus derechos y sus deberes. En el mundo árabe, solo se reconoce al clan, a la tribu, a la familia, no a la persona como individuo. Pero el individuo es una voz, un sujeto al que el grupo no puede ni someter ni controlar. Es una persona que tiene algo que decir y que lo dice participando en elecciones libres y limpias. (38)


Da igual que las dictaduras se mostraran como laicas en sus presentaciones externas. Anulaban como es propio de cualquier dictadura la unidad básica, la unidad crítica, la que permite el pensar reflexivo y decir ¡basta!: al individuo. Por eso es importante que estas revoluciones que, como contraposición de sus dictadores narcisistas y egocéntricos, que inundaban casas y calles de sus retratos obsesivos, han surgido como respuestas colectivas y sobre todo generacionales, logren despertar el potencial del individuo para poder crear nuevas entidades colectivas en sustitución de las que los dictadores le impusieron o aprovecharon. Esas voces que han sido hasta el momento corales, deben ir poco a poco perfilándose en su individualidad, pues es la única realidad que siente y padece, la persona. Que las instituciones las formen personas libres es la mejor garantía de su eficacia e ilusión, materiales con los que han de construir un futuro complicado pero necesario para poder dar el salto que sus pueblos merecen.


La primavera árabe es generacional. Han sido los jóvenes los que dieron el grito y pusieron la cara. Después se les han ido sumando los que no fueron capaces de hacerlo antes. Las ideas y las voluntades tienen que llegarles de esas juventudes mayoritarias en todos estos países. Aplastar la juventud, condenarla al paro, al aburrimiento, a la emigración…, es un crimen global, más allá de los crímenes individuales. Esta es la siguiente generación. No necesitaron aclamar a sus dictadores al inicio ni arrodillarse delante de ellos. No han tenido ni tiempo ni ganas por su propia juventud. El mundo ha cambiado y solo ellos se dieron cuenta. 
“Mubarak se mira al espejo y le entran ganas de llorar” —escribe Ben Jelloun al inicio de la obra. Lo que ve ya no es esa figura estática que permanece en los retratos oficiales que se reparte por el país. Lo que ve esta vez es un hombre derrotado, al que la historia la ha caído de golpe.
Para los que han vivido día a día todos estos acontecimientos, el libro es una vertebración de hechos y sentimientos, de situaciones que todavía permanecen como ecos que nos hacen vibrar. Para los que no han tenido ese seguimiento intenso y apasionante, es una buena forma de conocer la primera parte de la historia, los capítulos iniciales. La Historia es siempre un serial inconcluso, la lectura de los capítulos nos hace intuir los siguientes. Y son esos siguientes los que, liberados de esos escritores dictatoriales —el dictador es el que dicta, el que dice a los demás lo que deben escribir/vivir—, podrán escribir los pueblos que logran alcanzar esa libertad  que desean. 
Hoy es un día importante en el mundo islámico, la Fiesta del Eid, y es la primera que algunos de estos países pueden celebrar con una esperanza distinta en su corazón. Queda mucho camino por recorrer, pero solo es posible hacerlo paso a paso. Mientras avancen en la dirección adecuada para mantener y desarrollar sus deseos de paz, dignidad, justicia y libertad. que han sido los auténticos impulsores del cambio, irán por el buen camino. A los demás nos toca ayudar de corazón a todos los que se mantengan en la ilusión de esos principios, conocernos mejor para poder compartir sueños y realidades. El mundo ha comenzado a cambiar y ha empezado a hacerlo por el mundo árabe. No debemos olvidarlo.
La primavera árabe es una lectura al hilo de la historia, con los acontecimientos en pantalla y en la garganta, con la inmediatez suficiente y la aportación crítica que ayuda a entender algunos aspectos de nuestro presente, los primeros pasos antes del futuro.

* Tahar Ben Jelloun (2011): La primavera árabe. Alianza Editorial, Madrid. 147 pp. ISBN: 978-84-206-5351-8.


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