sábado, 19 de noviembre de 2011

El fútbol como metáfora


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nada representa mejor la situación española que nuestro fútbol. Vaya por delante que dejó de interesarme hace ya mucho tiempo, precisamente porque se ha convertido en una de nuestras obsesiones interiores y exteriores. Hace ya mucho tiempo que no se escucha aquello del uso que la dictadura española hizo del fútbol. Lo hemos superado con creces en la democracia. 
Para muchos, la semana es lo que ocurre entre dos partidos y casi nunca suele ser importante. Lo esencial ocurre durante el fin de semana, que comienza con las celebraciones de los viernes noche y termina con las celebraciones del domingo por la tarde. Lo demás es circunstancial.
España, en plena crisis económica, con records de paro y de parón, está, en cambio, en su máximo esplendor futbolístico. En selecciones (de todas las edades) y en clubes se sale. Hay países que han tenido una tradición equilibrada, por ejemplo, Alemania, Inglaterra o Francia, que han sabido combinar el fútbol con su desarrollo económico e industrial. Hay ejemplos de lo contrario, como Argentina, campeona del mundo con una dictadura, con sus crisis, o Brasil.

Pero el caso de España es diferente. Tenemos la liga más cara del mundo, a la que se llamó la “liga de las estrellas” y a las estrellas entre las estrellas se les llamó “galácticos”. Es una liga que siempre ha estado por encima de nuestras posibilidades. Recuerdo haber escuchado el dato de que en algún momento del despilfarro futbolero, el presupuesto anual del Madrid y de Barça era el equivalente a todo el de la Bundesliga. Teniendo en cuenta nuestras diferencias económicas con Alemania, esto era apabullante. 
A la llamada de los talonarios generosos, los mejores jugadores del mundo vinieron a jugar a la Liga española, para desesperación de sus clubes anteriores y sus propios países. La mayor parte de los clubes de todo el mundo odiaban (y odian) la prepotencia de los clubes españoles, especialmente de los dos “grandes” porque han encarecido el mercado de las contrataciones con sus pujas por llevarse a sus respectivos vestuarios a los mejores jugadores. Han provocado el encarecimiento de otras ligas, cuyos jugadores hacían correr los rumores de que los reclamaban en la liga española para aumentar sus contratos en las renovaciones. Hemos sido creadores de inflación dentro y fuera.

Una de las cosas que me alejó del futbol definitivamente, al que nunca fui especialmente aficionado, eran las cifras que se manejaban en los fichajes. El mundo del fútbol se convirtió en una gigantesca burbuja en la que se veían entremezclados políticos locales, constructores, intermediarios, etc. Muchos han sacado suculentas tajadas de las contrataciones de las estrellas. 
Los clubes se convirtieron en sociedades anónimas. Siempre me llamó la atención la fascinación que tenía para los grandes empresarios la presidencia de los clubes, especialmente para los de la construcción. Algún día alguien debería escribir un libro detallado sobre los negocios paralelos del fútbol; sería muy interesante. Jeques y oscuros empresarios rusos venían a invertir en nuestros clubes, incluso en los modestos. Ellos sabrán por qué.
Ahora, en tiempos de crisis, la mayor parte de los clubes —que se vieron arrastrados a la transformación del fútbol de deporte de masas a espectáculo de masas— se encuentran ante el reto de sobrevivir con los estadios semivacíos y con las televisiones —sus principales clientes y socios— afectadas igualmente por los recortes de sus anunciantes. El negocio se desinfla y solo deja facturas de unos contratos millonarios que hay que pagar ante el temor de que los jugadores emigren a países en los que pueden cobrar menos, pero al menos cobran. Eso del abandono será para aquellos que están en condiciones y dentro del mercado. No todos lo están.

Los informativos de RTVE nos cuentan algunas de las fórmulas que los equipos de tercera y de segunda están buscando para tratar de encontrar soluciones a su falta de dinero. Nos cuentan, por ejemplo, que han decidido individualizar el patrocinio. En vez de tener una publicidad común, cada jugador podrá tener un patrocinador diferente. Un extremo veloz, nos dicen, podrá ser patrocinado por una empresa de mensajería y así ajustar su perfil deportivo al de las empresas. Los equipos pasan a ser unidades fraccionarias. Nos dirán los teóricos del estímulo que así se motivarán para ser más eficaces en el terreno de juego y tener mejor patrocinio. El patrocinio, nos siguen contando, dará derecho a una parte de los beneficios de los traspasos. Hemos llegado a los futbolistas autónomos, lo que no deja de ser una paradoja en los deportes de equipo. En estas condiciones de autopromoción, a ver quién cede un gol o deja de tirar un penalti. El mercado es el mercado; crea monopolios o atomiza.


El gasto extremo se justificaba en los grandes ingresos que iba a suscitar: derechos de imagen, retransmisiones, giras, venta de camisetas… Los jugadores de los grandes clubes renunciaban prácticamente a sus vacaciones para promocionar el fútbol en Asia o los Estados Unidos. Se trata de abrir mercados, de enganchar a los asiáticos a la histeria Messi o Cristiano, que cambien sus ropas y vistan camisetas de los clubes o selección. España debe ser la máxima vendedora de camisetas del mundo. Cuando digo “España” me refiero a las empresas que las comercializan o, incluso, a los que fabrican los sucedáneos para países que no se pueden permitir tener una “original” y las compran en sus mercadillos. Una de las imágenes que nos ha sorprendido de las revueltas en los países árabes, en Yemen o en Libia, era ver a revolucionarios en lugares semidesérticos luciendo sus camisetas de Messi mientras disparaban al aire o se manifestaban. Cuando voy a Egipto, el portero de aparcamiento frente al hotel en que me alojo me pregunta siempre “¿Barcelona o Madrid?”. Así se nos ven, en síntesis, en muchos lugares.
El fútbol, como nuestra política, es también bipartidista y pasional. En realidad, son modelos paralelos. La liga acaba siendo una carrera de relevos entre los grandes y los pequeños que intentan colarse en alguna competición y así aumentar su visibilidad europea y sus ingresos por contratación de patrocinio. No se gana por placer deportivo. Se tiene que ganar para conseguir que se fijen en ti los anunciantes, para vender más camisetas, para poder tener más anuncios en tus vallas en el estadio. Todo es espectáculo y negocio, al fin y al cabo.
El negocio está en cambiar de camiseta cada año, en ponerle una estrella, en cambiar de sitio el escudo… y que las compren, claro. Para llegar a ese nivel, el fútbol nos tiene que entrar por los ojos y salir por las orejas. Los medios de información tienen que entrar en el juego y dedicar el 50% de su espacio o tiempo a informarnos de lo que les pasa en el tobillo a Messi o a los juanetes de Cristiano. ¿Por qué hablar de los problemas económicos cuando existen esos verdaderos problemas que comprometen una alineación dominguera? ¿Hay mayor drama? Da vértigo el crecimiento de la prensa deportiva española en detrimento del resto informativo de la realidad. El mundo es un balón.


España es así también. El espectáculo ha sido el centro de atracción, el modelo de negocios. No se ha tratado de producir, sino de llenar estadios. Y quién dice estadios dice: ferias de abril, fallas, Formula 1, las motos, la copa Davis, olimpiadas, jornadas de la juventud… Necesitamos miles, millones de personas que vengan a llenar las casas que hemos construido, las terrazas que hemos habilitado, que se atiborren de pinchitos en nuestra gama de restaurantes que van del chiringuito playero a las altura de la “nueva cocina” de Adrià. ¡Vengan, por favor! ¡Llenen nuestros grandes estadios de ciudades pequeñas! Serán acogidos maravillosamente, podrán degustar nuestros platos, bailar en nuestras fiestas… ¡Vengan!

Imitación indonesia
Se ha especulado sobre la idea de que lo que los políticos no habían conseguido, crear un sentimiento común, de identidad, lo hayan conseguido las selecciones de fútbol o baloncesto. No es de extrañar. Pero el modelo del despilfarro en el fútbol, del encarecimiento, del espectáculo que necesita estadios llenos para funcionar, de los intermediarios y las especulaciones del suelo para ampliar o trasladar estadios, etc., es propio de nuestro fútbol. Un futbol que necesita de espectadores ricos capaces de pagar las entradas, de telespectadores ricos para comprar los partidos en los canales privados, de patrocinadores ricos para pagar los altos sueldos de los ricos jugadores. ¿Deporte? Sí, algo queda. El modelo, como el económico y el político, entra en crisis.
Mientras las selecciones, nuestros deportistas funcionen, siempre habrá un espacio de esperanza, piensan algunos; siempre habrá un político que los reciba con las copas ganadas. Pero en la medida en que nuestros clubes se vayan ajustando (más) el cinturón, porque la riqueza ambiental que necesitan para vivir vaya desapareciendo, los problemas de vivir por encima de nuestras posibilidades nos irán cayendo encima. Cuando los sueños te caen en un pie, también hacen daño. Está bien ganar campeonatos del mundo, sí, pero —a la vista de los resultados— no resuelve casi nada. Alegría lograda con alegrías presupuestarias siempre acaba en tristeza.


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