domingo, 16 de octubre de 2011

99% y global

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Sí, había mucha gente ayer en Sol, mucha gente de todo tipo y condición. Las manifestaciones son siempre más emocionales que cerebrales, pero ¿no es la “indignación” una emoción? ¿No se busca el amparo de los otros para no sentirse solo con la rabia? Hay manifestaciones conmemorativas en las que es el calendario el que te saca a la calle y hay otras, como esta, que responden a los ecos de vuelta de los gritos primeros. Es una manifestación boomerang.
Creían que lo que se había globalizado era el capitalismo, pero también se han globalizado las emociones y se han sentado las bases de un movimiento doble. Tiene oleaje y mar de fondo; hay olas espumosas  y resaca que tira hacia el fondo. Las emociones se realimentan y lo que llega ahora es lo sembrado en el tiempo.
Las sacudidas más intensas de estos movimientos coinciden, entonces y ahora, con las convocatorias electorales. Antes fueron las autonómicas y municipales y ahora las generales. No es casual. Son los momentos en los que aumenta la presión política sobre el ciudadano. Y los ciudadanos en estos momentos se encuentran perplejos ante una situación mundial que nadie les explica realmente pero que todos padecen. Es como si la famosa mano invisible tuviera un palo también invisible que descargara sobre tu cabeza. No sabes de dónde viene, pero nadie te puede negar tus chichones. La política de negación de su propia incompetencia (la corrupción griega, la estúpida negación española de las crisis o en cualquier otro lugar con sus propias características) acaba por irritar a unos ciudadanos que ven su vida transformada, en la mayoría de los casos, sin haber hecho nada. Ven reducido o desintegrado aquello que construyeron durante su vida y siguen sin entender por qué. ¿No era todo tan seguro? ¿No se habían creado instituciones para que esto no ocurriera? Lo imposible, de nuevo.

Es esta incomprensión la que deja al descubierto a los responsables, por acción y por omisión, de esta situación. Las variaciones del dedo acusador son ya tantas que parece hecho para despistar más que para aclarar: Europa culpa a Grecia; Estados unidos culpa a Europa; China culpa a Estados Unidos. En realidad, todo es lo mismo, pero con importantes variantes. Es el sistema, que ha llegado a su límite. También esto lo repite la gente, aunque no se lleguen a poder pensar las implicaciones. La frase vale para una pequeña pancarta o para un tratado económico, filosófico y político. El sistema es todo; el sistema es nada, como dijo Jacques Derrida de la “deconstrucción”. La cuestión importante es si es posible transformar el sistema a la velocidad necesaria, es decir, venciendo su propia velocidad emocional, enfrentándose a los problemas reales y reduciendo las resistencias al cambio mismo. Son tres factores importantes que han de ser tenidos en cuenta porque de cada uno de ellos se derivan consecuencias importantes. De cómo se conjuguen estos tres elementos depende el futuro.
El 15-O es un avance, un salto cualitativo, en la escalada de algo que se ha ido fraguando en cada movimiento, aprendiendo de sí mismo, como el bebé que comienza a gatear, va cogiendo confianza y se acaba poniendo de pie. Cuando se ha levantado, sabes que no tardará mucho en caminar, que es cuestión de tiempo porque existe una fuerza, una determinación que le impulsa a ello.
De todas las ideas que escuchas y ves en pancartas o declaraciones de la gente, la idea que ha prendido realmente es la del “99 por ciento”. En esta idea sencilla se incluyen dos y por eso es tan potente: está la injusticia del uno por ciento restante y, junto a ella, la del ser muchos más. La primera hacer saltar el sentimiento de rabia, de indignación, ante la injusticia del reparto, de la gran, creciente, desvergonzada  y escandalosa desigualdad; es la que te convierte en “indignado”. La segunda es la que te permite unirte a los demás con los que compartes tu indignación tomando conciencia. Es la magia numérica la que expresa la división económica y emocional del mundo. Por supuesto, es una cifra simbólica. Ni allí está el 99%, ni el 99% piensa igual. Pero eso es lo de menos desde la perspectiva sentimental. Es lo que quiere decir y lo que dice.

Tanto la rabia como el sentirse unido con otros son sentimientos primarios. Por eso muchas personas —expertos, intelectuales— de todo el mundo han señalado que comparten el sentimiento, pero que hay que profundizar en las vías. El mundo no se construye con emociones, nos vienen a decir. Con emociones se asalta La Bastilla, pero no se construye el mundo.
Estamos asistiendo a una situación única en la Historia, a la convergencia real de un movimiento en todo el mundo y a su efecto llamada. Su efectividad se ha demostrado en el mundo árabe. El llamamiento ha cundido, aunque con diferentes resultados, como sabemos. Lo importante es que hace crecer la fe en el cambio y todos los grandes movimientos son cuestiones de fe.
Desde este momento, en casi todo el mundo, la política se ha segmentado en tres grandes grupos: los que quieren que el mundo cambie, los que querrán hacer creer que el mundo ha cambiado y seguir al frente, y los que no quieren que nada cambie. Dentro de cada uno de estos grupos caben todas las ideologías, algo que es importante entender, pero que es difícilmente pensable en términos actuales, no hemos evolucionado todavía suficientemente para comprender nuestros pasos futuros. Pensamos todavía demasiado en términos de presente, es decir, en términos de la misma política que se rechaza. Basta con escuchar lo que se grita o se comenta en el interior de las manifestaciones. Pero están para eso, para mostrar fuerza. Las ideas se plasman en los libros; en las manifestaciones los deseos y emociones, la fuerza del número.


Lo importante esta vez ha sido la demostración de coordinación y crecimiento mundial. Donde exista un problema en el mundo, ya saben cuáles son las formas, los gritos, los métodos que deben seguir para sumar su indignación particular y globalizarla, insertarla en el flujo común y aprovechar su fuerza. Las reivindicaciones duran más, las protestas son más efectivas. La "indignación" pasa a ser una franquicia que funciona. ¿Por qué no hacer aquí lo que se hace allí? ¿No son los mismos?

No es lo que se grita o propone. Es la demostración de unidad y sincronía lo que esta vez se ha mostrado. Y eso es lo que realmente preocupa a algunos. Muchos estarán pensando en que esto se les está poniendo un poco más complicado porque se han dado cuenta que ya han tocado techo y ellos, que son expertos en subidas y bajadas, saben que lo único que pueden tener dudas ya es sobre la velocidad, lenta o desplome.
Todo esto es todavía el boceto de la casa que nos gustaría hacer; ni siquiera el plano. Por eso es importante profundizar en los problemas, en la parte oscura que ha desencadenado esto para poder hacer las transformaciones necesarias y exigir los cambios. Para ello, también debemos cambiar nosotros, nuestras mentalidades, que es el origen de cualquier cambio real. “Construir un mundo mejor” debe ser algo más que una frase en una pancarta, camiseta o discurso. Si no, se corre el riesgo de convertirlo en ritual, que es un acto repetitivo con el que se reproduce simbólicamente lo perdido y cuyo sentido se disuelve con cada nueva repetición.










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