miércoles, 21 de septiembre de 2011

¿Por qué en España no se puede decir de una película mala que es una mala película?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es un gran misterio que en España no se pueda decir que una película es mala cuando es mala. Lo mismo ocurre con libros, obras de teatro, desfiles de modas, o primeros platos de chefs…, con cualquier elemento artístico que esté bajo el nombre de cualquiera de los “genios” de andar por casa que nos hemos fabricado en las últimas décadas de cultura española. Usted no ha notado nada, pero cuando he escrito “cultura española” un ligero estremecimiento me ha recorrido la columna vertebral. O quizá sí, sí ha sentido también un estremecimiento, como un escalofrío por la columna, al leerlo.
Uno de los problemas de la cultura española es, precisamente, tener genios oficiales, personas que, hagan lo que hagan, cuentan de salida con las fuerzas conjuntas del bombo y del autobombo. A usted le habrá ocurrido: ha salido de la sala de proyección conmocionado, en silencio, compartiendo con los demás un sentimiento de culpabilidad porque aquello a lo que ha asistido no le ha gustado nada. No se atreve a mirar a sus acompañantes por temor a que le pregunten y le pongan en un compromiso. Ha escuchado una risa sin identificar que ha surgido desde el fondo de la sala. ¡Algún desinhibido! Sale de la sala como el que no quiere la cosa y se dirige hasta un lugar seguro. Lo más probable es que no se atreva a entrar directamente en el tema con provocaciones como “¿qué te ha parecido?” o “¿te ha gustado?”. Dejará trascurrir primero una o dos copas para ir perdiendo el miedo. Quizá suelte usted algún comentario indirecto que el cerebro de su acompañante capte y se enfrenten ambos a ese momento de sinceridad, de entrega mutua, de confianza extrema, en el que se confiesan que la película es una auténtica porquería.

En cualquier caso, si usted no es crítico profesional, tiene suerte. Hace unos años con motivo de la resolución de un premio sobre crítica de cine, los miembros del jurado nos reunimos en un restaurante. Se trataba de seleccionar la “mejor crítica” de entre los finalistas. Un crítico profesional, de esos de reconocido prestigio o, al menos, de mucho tiempo en la profesión, fue sometido —ya a los postres— a preguntas sobre su libertad de expresar realmente lo que pensaba. Después de darle varias vueltas a su puro, el crítico nos dijo: «Me dejan decir tres veces al año lo que pienso; tengo tres oportunidades de decir que una película es mala.» La respuesta era una incitación a preguntar sobre qué ocurría tras la cuarta. Y nos explicó: «No me parten las piernas, no. Pero sé que desde ese momento la habitación de hotel que me asignarán en el festival ya no dará a la playa, sino a una salida de humos; que la butaca que me tocará en la sala tendrá una columna delante; que nadie irá a buscarme a la estación cuando llegue y que las invitaciones a los preestrenos me llegarán un día después.» Es comprensible que un crítico tan conocido no se arriesgara, ante este panorama, a decir lo que piensa. Total, ¿a quién le importa? ¿Es que alguien espera de un crítico que sea sincero?
Todos recordamos cómo un diario de reconocido prestigio puso de patitas en la calle a un crítico literario porque se permitió el lujo posmoderno de decir que una obra editada por una de las empresas de la casa era mala. No fue nada personal, es cierto. Una simple decisión empresarial para que entiendan que no se atenta contra los intereses económicos de la empresa que te da de comer. Se montó un escándalo y lo readmitieron. ¡Qué tiempos!

En muchos países, especialmente tras la caída del Telón de Acero, se puede decir que una película es mala. A lo mejor no te dejan hablar mal del dictador y de sus familiares hasta un tercer grado de parentesco, pero como las dictaduras no suelen apostar demasiado por esto del arte y la cultura, no les importa mucho. Prefieren tener buenos censores a buenos críticos.
Por eso choca tanto que en España se haya llegado a la figura del “crítico-censor”. Su función es evitar que se diga que una película es mala. Es la “censura positiva”. Cuando la película es una porquería, el crítico “positivo” te habla de la recaudación, aunque en todas sus críticas anteriores haya dicho que la recaudación suele ser un indicador del mal gusto y la chabacanería. Cuando la película es muy mala, el crítico positivo te recuerda la trayectoria anterior del genio. Y si es malísima, cómo fue un luchador contra el franquismo o que en el extranjero le adoran.
Y luego está el público. Ese público que idolatra al director, un público que es de los de “¡viva mi Curro, aunque salga corriendo!” o del “¡viva el Betis manque pierda!”. Educado entre lo taurino y futbolero, el público español tiene tendencia a la estabilidad. Se corta una mano antes de reconocer que su director favorito, ese que hizo su última buena película hace más de diez años, es un genio. Porque el español no rectifica.
Y entre críticos que no quieren complicarse la vida con sus jefes, ni con los jefes de sus jefes, ni con los amigos de sus jefes o con sus propios amigos, y un público que no quiere traicionar sus impresiones juveniles, tenemos un panorama artístico cuya culminación es ese monumento que es el chiqui-chiqui, producto genuino de una intelectualidad chistosa que abandonó a Machado por un plato de lentejuelas y glamour, y de una crítica que les ríe las gracias, aplaudidas masivamente por un público que con sus sms demostró al mundo, sin género de dudas, que tenía La educación estética del hombre como libro de cabecera.
Todos los grandes directores tienen alguna película mala, un error de cálculo, un mal asesoramiento, una elección torcida, una resaca vital. En España no. No, no…, aquí eso no pasa. Aquí, como tengas los vientos a favor, se te aplica de por vida eso de “cría fama y échate a dormir”. Si tienes la suerte de estar entre ese grupo selecto de mentes preclaras, de divos de la creación, de personajes admirados, que da igual lo que hagan siempre tendrán no ya el beneficio de la duda, sino el beneficio de la ausencia de dudas, puedes crear tranquilo. Tu público y tu crítica estarán contigo, protectores, paternales, diciéndote lo grande que eres, lo mucho que vales, que a mi churri artista no me lo toca nadie, denunciando lo envidiosa que es la gente.
¿Resultado de esto? Malas obras, crítica pésima y un montón de amigos que te rodean, como a Leónidas en las Termópilas, espalda contra espalda, defendiéndote como leones de Esparta.
¿Y la película? Un horror…



1 comentario:

  1. pero cuál es la película que provoca este comentario? (o películas)? nos lo tienes que decir que si no caes tú en lo mismo!! :-)
    Susana Pajares Tosca

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