viernes, 2 de septiembre de 2011

Los tres ejes de la economía y el problema equivocado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El Premio Nobel de Economía Paul Krugman escribió en los años noventa un libro en el que señalaba que puede haber muchas cosas que nos parezcan importantes en la Economía, pero no hay más que tres que lo sean realmente: “la productividad, la distribución de la renta y el desempleo”*. Nada puede ir bien, nos dice, si estas tres cosas van mal.
España tiene verdaderos problemas en la primera y la tercera. Nuestra productividad, según nos señalan permanentemente, es baja y el empleo en nuestro gran mal porque no va bien ni aunque las cifras digan que van bien todo el conjunto. Porque el hecho es que no puede decirse de una Economía que vaya bien cuando una parte importante de su población, el 21%, no encuentra trabajo. Creo que Krugman tiene toda la razón. Sin embargo, nuestros discursos económicos y políticos han ido por otro lado.
Acostumbrados a trabajar con cantidades y modelos, muchos economistas —y con ellos los políticos— se olvidan de que lo importante es la gente o, como señalaba Krugman, “las cosas que afectan al nivel de vida de un gran número de personas” (21)*.
La Economía es una ciencia que dedica una gran parte de su esfuerzo a analizar y debatir, como los expertos en seguridad aérea, las catástrofes, en su caso las crisis económicas. Una parte importante de su trabajo es hacer ver a los que tienen que volar que ellos están trabajando en seguridad, de lo contrario, nadie se subiría en un avión. Los aviones se caen después por otra cosa. Aunque no logren evitar que los aviones se caigan, transmiten la sensación de que se hace algo por evitarlo.
Nuestros políticos están haciendo algo similar: revisan los restos del avión de la economía española.. La cuestión de incluir en la Constitución española el techo de endeudamiento no es más que una maniobra de este tipo. Es una versión escrita de la “solución de la foto” —vamos a llamarla así— que se utiliza con la misma función, intentar tranquilizar para que se sigan subiendo al avión.
La “solución de la foto” ha tenido es España un gran desarrollo. Su distintas versiones son “la promesa que sucede a la promesa”, la “reunión en Moncloa”, etc. y ahora, en un más difícil todavía, inspirada por un presidente con los días contados, la nueva “reforma constitucional”. Hacer girar todos nuestros problemas sobre un principio discutible que no se ha de aplicar hasta dentro de 10 años, en 2020, es uno de los ejercicios de absurdo político más importantes en décadas en un país democrático.

La “deuda” no es uno de los tres elementos señalados por Krugman que afecta directamente a las personas. El mismo Krugman señala: “el déficit presupuestario no es un problema en sí mismo y por sí mismo. Nos preocupamos por él porque sospechamos que conduce a un ahorro nacional bajo, el cual conduce, en último término, a un bajo crecimiento de la productividad” (22).
Lo grave del asunto —como anticipábamos cuando se dio cuenta del acuerdo bipartito— es que debe ser leído como una muestra de debilidad frente a los gastos autonómicos incontrolables y a la negativa de los políticos locales a entrar en razón presupuestaria. La evidencia más clara de este hecho es cómo se lo han tomado los nacionalistas vascos y catalanes, que han visto en el acuerdo un ataque a su “soberanía endeudadora”. Cataluña ha contestado con la exigencia de que se limite en su estatuto el tope de la contribución a los fondos comunes y el País Vasco con una exigencia de que se incluya el derecho de autodeterminación en la Constitución. Las dos peticiones autonómicas son la versión diplomática de una declaración de guerra. Ambas desentierran las armas del agravio contra el hecho de que se les obligue a llevar una política económica que jamás podrán controlar porque lo harán los partidos nacionales. Para ellos es una pérdida de capacidad negociadora futura con el Estado central ya que ese aspecto se elimina de las variables disponibles.


Avisamos que querer introducir este aspecto en la Constitución no fortalecía nada sino que debilitaba a la propia Constitución en el sentido de que la convertía en objeto discutible. Esto ya ha sucedido. Lo malo de la “solución de la foto” —está vez ha sido la foto de los portavoces entregando conjuntamente la petición en el Congreso de los diputados— es que no suele solucionar nada porque la deuda, como la fiebre, no es el problema, sino el resultado de los problemas. Fijar el punto de mira en la deuda es equivocarse porque las deudas se pagan trabajando y lo que no hay en España es trabajo. Hay cinco millones de parados a los que se quiere convertir —a muchos de ellos— en delincuentes o perezosos, según toque la vía del fraude (la política de hacer aflorar las bolsas de fraude laboral) o la de la pereza (la falta de iniciativa, formación, etc.).
Hay que decirlo claramente. El problema no es la deuda. El problema es la productividad y la baja calidad de nuestro empleo debido al tipo de sectores que se ha potenciado en estos años de crecimiento sin rumbo hacia sectores de enriquecimiento fácil y con mano de obra que no necesitaba gran preparación. Este tipo de sectores tiene un crecimiento aparente, que enriquece a algunos, pero empobrece el tejido social y las aspiraciones futuras. La exportación de investigadores ante la falta de perspectivas aquí es un indicador muy fiable del que nuestros gobiernos se preocupan más que con parches inútiles. Es la falta de absorción de nuestras débiles empresas la que lo causa. El tipo de empresa que existe no necesita de la investigación porque se dedica a otras cosas mayoritariamente.

El Premio Nobel de Economía Paul Krugman
El problema lo podemos ver en países pobres que han elegido las mismas vías para su desarrollo desde niveles muy bajos. Si no apuestan por otro tipo de desarrollo que tire del tejido social, se ven condenados a atender turistas hasta la eternidad. España debía haber salido de este modelo hace muchos años, pero la comodidad y la aparente riqueza que genera esconden una economía débil y, sobre todo, de muy baja calidad.
Las críticas que se nos hacen son siempre las mismas: baja productividad y paro incontrolado. Pero con el tejido empresarial español, que ha ido concentrándose en sectores del comercio, etc. y desapareciendo el tejido industrial que hubiera podido demandar mejores puestos de trabajo, no se ha podido avanzar social y económicamente. 
La riqueza de un país va más allá de las cifras. Puede que la industria pastelera mueva las mismas cantidades que la editorial, pero en un caso tendremos un país de obesos y en otro de lectores; al primero no le pidas que corra, al segundo se le puede pedir imaginación. Nosotros hemos apostado por muchas pastelerías porque es más fácil motivar al pastel que al libro. Y eso es lo que estamos pagando, nuestro modelo de crecimiento rápido y de pocos recursos para afrontar las crisis futuras. Estamos condenados a que cuando haya crisis, las nuestras sean peores. Los demás se recuperan produciendo; nosotros nos.
La deuda no es el problema, es el síntoma. La foto del acuerdo constitucional no soluciona nada. No es más que el brindis al sol de un político al que le han gustado las fotos y que nos deja en herencia una buena colección de recuerdos gráficos. Si la deuda no es el problema real (lo que no significa que no sea un problema, evidentemente) todavía quedarán por solucionar, una vez más, los verdaderos problemas, a los que nadie parece tener interés en poner solución. Cuando se le ha preguntado al presidente del gobierno sobre la posibilidad de modificar los impuestos para aplicárselo a las rentas más altas, ha contestado con un tajante “no se contempla”. Eso nos dejaría con el tercer problema, la distribución de las rentas, en el aire.
Como todo lo demás.

*Paul Krugman (1001, 2010): La era de las expectativas limitadas. Ariel, Madrid.



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