domingo, 25 de septiembre de 2011

Las castas solares

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La proliferación de castas es un fenómeno absolutamente preocupante de la deriva de la política mundial. 
A la perpetuación de los dictadores a través de sus familias, como hemos tenido ocasión de ver con los autócratas árabes que están siendo derrocados antes de prolongarse a través de sus hijos (Libia, Egipto o la ya realizada de Siria), le siguen ahora los países democráticos o aparentemente democráticos que los imitan en forma irracional. Una casta es un sistema cerrado, una forma restrictiva de movimiento en el poder, que queda limitado a un número reducido de miembros. La casta va más allá de las monarquías e imperios, que limitan sus círculos a los de la sangre. A lo que estamos asistiendo en los países democráticos es a la instauración de unas castas familiares, a la fusión de los dos sistemas antidemocráticos en uno solo. Se destruye así el principio básico de la alternancia, que no se refiere solo a los partidos, sino a las personas, a la necesidad de que nadie considere que el poder es patrimonio suyo, sino que sea consciente que está siempre al servicio de los otros. Estos políticos "okupas" asaltan el poder democráticamente, sí, pero no es la democracia la que determina sus movimientos ni su inspiración. Más bien la burlan no respetándola con su apego al poder.


El presidente ruso Medvedev nos sorprendía (es una forma retórica de expresarlo) ayer con la noticia de su beneplácito a la entrada en la carrera electoral para las presidenciales rusas de Vladimir Putin. Putin, ex funcionario de la KGB, llegó a la presidencia rusa y comenzó una labor de depuración de cualquier cosa que pudiera calificarse como oposición y así siguió los dos mandatos que la constitución rusa le permitía. Puso un títere que le nombró como jefe de gobierno, lo que le ha permitido salvar la imposibilidad constitucional de los dos mandatos. Ahora se presenta con el marcador puesto a cero y habiendo aprobado en esta legislatura una modificación constitucional que amplía los mandatos de cuatro a seis años, es decir, Putin podrá perpetuarse en el poder 12 años más. Los zares han regresado.

No es el único caso, ni la única variante. El matrimonio Kirchner, en Argentina, también formó un tándem por relevos. Hay que combatir la soledad del poder en pareja. Para los países, incluso, puede suponer cierto ahorro el que, aunque se cambie de presidente, no haya que cambiar el mobiliario de la residencia presidencial. Néstor ha tenido la falta de cortesía de dejar este mundo y se interrumpirá —salvo nuevas nupcias— esta entrañable y familiar forma de gobierno. ¡Es tan molesto tener que cambiar de casa cuando dejas el trabajo! Un ejemplo de conciliación laboral.
Más tierno ha sido el ejemplo, desbaratado por los insensibles jueces, dado desde Nicaragua. Álvaro Colom y Sandra Torres decidieron además de fundar una familia, fundar un partido político, con lo que él accedió a la presidencia. La constitución nicaragüense prohíbe, con buen criterio, que se puedan presentar a las elecciones familiares directos. Con gran dolor de su corazón, haciendo un gran sacrificio por la patria y la residencia presidencial, el matrimonio decidió divorciarse para poder continuar, no por separado como lo hace todo el mundo, sino para poder mantenerse en el poder con ella al frente. ¡Son injustas las constituciones, nada románticas, cuando fuerza a un matrimonio que tiene tantos intereses en común a separar sus domicilios fiscales!
Ya sea por relevos matrimoniales, por divorcios o por parejas de hecho, como el presidente, ex presidente y futuro presidente Putin y su trajeado buddy, Medveded, todo esto no es más que una burla que los ciudadanos sancionan con sus votos, seducidos, enfervorizados, o mediante cualquier bebedizo arrojado en los depósitos nacionales  del agua.
Esta burla es un síntoma de que se accede al poder y no se abandona porque los intereses acumulados son demasiados como para dejarlos en manos de otros. El síntoma de que la democracia se va perdiendo ante el aplauso amable de millones de ciudadanos que sienten que los políticos deben ser patriarcales, figuras populistas que no abandonan el poder por amor a sus pueblos, un sistema que reduce al infantilismo social. Hemos inventado los “presidentes soles”, como el absolutismo inventó el “rey sol”.



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