domingo, 21 de agosto de 2011

La confianza perdida

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En una de las entrevistas finales de ese magnífico filme documental sobre la crisis económica de 2008, Inside Job (Charles Ferguson 2010), uno de los intervinientes resume lo que ha sido para él la base del problema: es una cuestión fiduciaria. Y esto no es solo un problema de la administración de capitales.
The New York Times nos cuenta hoy más datos sobre denuncias por fraude* presentadas en los USA contra los que asesoraron mal a sabiendas a sus asesorados sobre inversiones, ganando ellos en comisiones y perdiendo los demás prácticamente todo lo que tenían. Los que tenían que velar por sus administrados antepusieron sus ganancias comisionistas a los intereses de sus clientes. Las denuncias están proliferando y es de esperar que, si se acogen en los juzgados y lugares donde se presenten, supongan un freno a una tendencia progresiva: la falta de escrúpulos en los negocios de asesoramiento.
Hasta el momento se había entendido que los negocios eran un espacio poco fiable desde que ya no hay nadie a quien dar la mano. Se trata de si las cosas funcionan o no, no de cómo funcionan. El beneficio es el agua bautismal que lava cualquier pecado por original que sea. David Mamet escribió en uno de sus ensayos que si vas a una partida de póker y no sabes quién es el primo, es que eres tú. En el mundo de los negocios parece ocurrir algo similar.

De esta conversión en jungla se debían haber escapado todas aquellas relaciones de tipo fiduciario en las que nos ponemos en manos de alguien con la confianza del confesor y la garantía de un padre. Sin embargo, esta crisis ha demostrado que además de no poderte fiar ni del mayordomo ni de la canguro, como les pasa a los de la “Beautiful”, tampoco te puedes fiar de tus asesores económicos. Los cuantiosos beneficios que pueden obtener entierran junto a las fotos del parvulario la buena conciencia que en algún momento de su existencia pudieron tener.
En un mundo cada vez más complejo el empleo de asesores se convierte en una necesidad imperiosa para no sufrir las pérdidas del desconocimiento de las materias en las que nos adentramos como la economía, el derecho, la elección de un coche o, si me apuran, la cirugía estética. Uno piensa siempre que le recomendarán la nariz que más le favorece y no la más cara del muestrario. No hace mucho tiempo una persona me llamó muy asustada desde el sillón de su dentista. Después de darle un presupuesto, ya con la boca abierta y medio anestesiada, le había añadido un par de cosas que le duplicaban el presupuesto. El dentista le había dado un minuto para que se decidiera. Le aconsejé que saliera de allí y se buscara otro con mejor ojo para los presupuestos.

La confianza es la base de muchas operaciones de todo tipo. La falta de escrúpulos no es una cuestión de la reforma educativa sino de lo que se ha sembrado durante décadas: el triunfo es lo único que cuenta. Y el triunfo, en el campo que sea, se tiene que traducir en algún tipo de capital, rentabilizarse para la contabilidad final. Pero una sociedad en la que tienes que someter a vigilancia cualquier tipo de proceso acaba patológicamente obsesionada.
El problema fiduciario, es decir, cuando no te puedes fiar de quien te tienes que fiar, lleva a la creación de problemas en cadena. Porque la desconfianza, como los celos, nunca se aplacan y, por el contrario, acaban siendo enfermizos y destructivos. Un problema fiduciario, por ejemplo, es la falta de confianza en las agencias de rating, cuando descubres —el gobierno USA está investigando a Standar & Poor’s en estos momentos— que han realizado valoraciones interesadas en su propio beneficio y en perjuicio de sus clientes. Un problema fiduciario casi irresoluble es el de la representación política, en la que se da ya por descontado que se basa en la adulación del oído. Un político, en última instancia, nos representa, si bien su compromiso está más diluido gracias a otras prerrogativas de lo político.



Todos aquellos ámbitos en los que alguien nos representa o confiamos en sus asesoramientos porque entendemos que se hacen pensando en nuestro bien y no en el de quien asesora o terceros, entran de lleno en esta cuestión. La confianza es esencial cada vez más terrenos ante la escasez de buenos asesores de los que fiarte. Al no poder confiar en muchos, la confianza pasa a ser un valor en alza. Esto supone que se concentran, como ocurre con las agencias de ratings, en ellas cada vez más poder y responsabilidad. Debería haber algún tipo de cálculo o estimación que nos indicara cuándo a una agencia o asesor le resulta más rentable engañarnos que no hacerlo. Reducirlo todo a pérdidas o ganancias tiene ese inconveniente.
Esperemos que prosperen las denuncias. Así tendrán otro factor que añadir al cálculo cuando sopesen si engañarnos o no.

* “Finger-pointing in Fog” The New York Times 20/08/2011 http://www.nytimes.com/2011/08/21/business/5-wisconsin-school-districts-and-3-ill-fated-securities.html?_r=1&hp



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