domingo, 17 de julio de 2011

Un libro: Alain Supiot, El espíritu de Filadelfia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Como ya hemos hecho algún domingo anterior, me gustaría recomendar los domingos, como si de un suplemento literario se tratara, algunas obras que creo que pueden ser de interés para los lectores habituales u ocasionales de estos textos de Pisando charcos. Compartir lecturas es compartir ideas. No hay más criterio ni intención que los que nos llevan cada día a tratar de entender lo que nos rodea y ocurre.

Leer el libro del Catedrático de Derecho Alain Supiot, El espíritu de Filadelfia. La justicia social frente al mercado total*, escrito en 2010, en pleno ascenso de la crisis que nos afecta, es un ejercicio necesario de actualidad por un lado y de principios por otro. Reivindica el autor la necesidad de volver al “espíritu de Filadelfia”, a la Declaración Internacional de Derechos, realizada en mayo de 1944 por la Organización Internacional del Trabajo. Treinta años de reinado de unas doctrinas que han centrado sus objetivos en desregular mercados y cuyas consecuencias estamos padeciendo en estos momentos.
El libro de Supiot ahonda inicialmente en las coincidencias entre las doctrinas económicas de neoliberalismo y las practicadas en el seno de los países comunistas en el sentido de tratar de convertir la Economía en una ciencia despolitizada, es decir, objetiva. Esta despolitización supone sustraerla del ámbito de las decisiones e introducirla en el ámbito de la “objetividad” ajena a la decisión. De igual forma que el comportamiento de las partículas elementales no está sujeto a decisión democrática ni voluntad alguna, la objetivación de la Economía tiene el mismo efecto. Esto supone sustraer muchas decisiones en beneficios de “órdenes” inherentes a los mercados.

Alain Supiot
Supiot, como otros intelectuales, realiza una crítica a la seducción llevada a cabo por estas ideas pretendidamente científicas, que no constituyen una ciencia sino una ideología, entre los intelectuales de todo el espectro político. De la misma forma que se quieren convertir en “científicas / objetivas” las decisiones sobre educación por mencionar los genes, ha habido intereses en ir desmontando muchos elementos del Estado a favor de una supuesta necesidad de desregular todos los aspectos de la vida económica y, por ende, muchos de la social. La dimensión económica es la que prima por ser la forma final que adquieren todos los elementos sociales.
Supiot señala otro aspecto importante en sus críticas al hablar de la ideología cibernética del control social mediante la transformación de todos sus aspectos en inputs del sistema. De esta forma, se mide el impacto de cualquier aspecto de la vida social o personal. Una enfermedad puede ser traducida a número de horas perdidas y esta cantidad confrontada con los costes de la investigación. Eso afecta a su enfermedad o al número de veces que puede usted ir al baño sin que la empresa te haga responsable de sus pérdidas. Cuando la CEOE consideraba el impacto negativo del número de mujeres en la enseñanza, estaba estableciendo este tipo de correlaciones cibernéticas, al vincularlo con los horarios laborales de otras mujeres.


El monstruo final es un mecanismo interconectado, sistémico y autorregulado, ya que al extenderse a la totalidad del planeta mediante la globalización y mundialización de la economía, cualquier elemento tiene incidencia sobre el conjunto. El concepto de “gobernanza” resume muchos de estos principios.
 
Los indicadores de la política, así entendidos, tienen su origen en la misma tendencia dogmática que los indicadores de la planificación soviética y están grávidos de los mismos efectos: orientar la acción más hacia la satisfacción de los objetivos cuantitativos que hacia resultados concretos, y enmascarar la situación real de la economía y de la sociedad a una clase dirigente desconectada de la vida de aquellos a quienes dirige. La representación numérica del mundo que gobierna actualmente la gestión de los negocios públicos y privados confina las organizaciones internacionales, los Estados y las empresas en un autismo de la cuantificación que las aísla cada vez más de la realidad de la vida de los pueblos. (85)

No es posible leer este libro sin tener en mente muchas de las reivindicaciones lanzadas por la ciudadanía en los meses anteriores. Gran parte del descontento —y del desconcierto— ciudadano expresado es la traducción de las situaciones en las que nos vemos todos inmersos, consecuencia de lo señalado por Supiot junto a otros muchos analistas. La situación no es española; es internacional en la medida en que se han superado las diferencias de funcionamiento de los estados nacionales, que son absorbidos por la sustracción de su capacidad política de decisión mediante la dependencia de instancias superiores. La cuantificación —la representación numérica del mundo señalada por Supiot— no entiende de lo concreto porque su tendencia es a considerar las cifras en los niveles superiores. Las críticas constantes al PIB como indicador de la “riqueza” nacional, por ejemplo, van en este sentido. Dejan fuera muchos aspectos que los números encubren. The New York Times, también como ejemplo, criticaba hace unos días el desplazamiento del presidente Obama hacia problemas de cuantificación en detrimento de los problemas reales, es decir, sociales, acusándole de asumir el punto de vista republicano sobre la deuda.
En unos momentos en los que ya no se habla de repartir beneficios, sino de repartir cargas, es importante volver a las ideas de justicia social. La obra de Supiot es un buen repertorio de razonamientos al respecto. El libro es denso en sus planteamientos, bien construido argumentalmente y claro en su exposición. A la crítica al sistema y sus principios y consecuencias le siguen las propuestas que, desde distintos ámbitos, especialmente desde el Derecho, pueden paliar los efectos de esta deriva de más de tres décadas de desmantelamiento de lo social. Supoit reivindica la vuelta a los principios de la Declaración de la OIT, a dar prioridad a los Derechos Humanos como objetivo principal y a no supeditarlos a los aspectos económicos cuantitativos. Señala, en esta línea, lo siguiente:

Si se tuviera a bien prestar una seria atención al hecho de que la solidaridad, al igual que la dignidad, es un principio jurídico del que se derivan indisolublemente derechos y deberes, tendríamos una oportunidad para abandonar los falsos debates a propósito de la “justicialidad” de los derechos económicos y sociales. Por decirlo brevemente, todos los dispositivos que consisten, para una persona física o moral, en rehuir los deberes inherentes al principio de solidaridad atentan contra los Derechos Humanos, y deben ser perseguidos y sancionados como tales. Tal es el caso, por ejemplo, cuando una empresa deslocaliza o subcontrata su producción con la única finalidad de desolidarizarse de las reglas sociales y medioambientales que rigen el mercado en el que vende sus productos. (160)

 Lo importante de la obra, además de sus propios valores, es lo que supone dentro de una corriente de cuestionamiento creciente del modelo de pensamiento y acción únicos que han estado rigiendo durante tres décadas. Las ideas son para debatir y los debates para encontrar soluciones a los problemas. Todas las propuestas son buenas, en este nivel, si sirven para fomentar el diálogo necesario.

* Alain Supiot (2011): El espíritu de Filadelfia. La justicia social frente al mercado laboral. Península, Barcelona. 204 pp. ISBN: 978-84-9942-103-102

Entrevista con A. Supiot :
http://laboratoiredesidees.parti-socialiste.fr/mail/n4/lab-n4-long.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.